jueves, 8 de septiembre de 2011

LA RABIA


















Roja, a veces negra. Como la sangre derramada. Llega y ocupa su mente, desbordándose, desterrando cualquier otra sensación, oprimiendo su vida. Incluso acalla a esa vocecilla ahogada que le grita que no se deje dominar por ella, en su interior. No puede controlarla en cuanto la deja hervir en sus venas, acaparar recuerdos y transformarlos en dolor, en miedo, en tristeza. Después es ira, contra todo y contra todos, incluido él mismo.

Está harto de la rabia. Está harto de su inutilidad, del rastro pegajoso de impotencia que deja en su ánimo, de ese arrastrarlo al pasado y obligarle a revivir el dolor que es ahora su presente. Está harto del silencio con que debe ocultarla, de sujetarla a flor de piel, de las lágrimas, la violencia que destila y que solo desfoga en sí mismo. Está harto de que le fustigue el alma como un látigo corrosivo y cruel, como un virus contagioso.

Cuando se mira en el espejo (cada vez menos), solo ve ese rictus que la presagia, un reguero amargo que desciende junto a los labios, oscureciendo el rostro, impidiendo la sonrisa. Por eso apenas se fija en la imagen reflejada, pasando como de puntillas, tratando de obviar la dureza en la mirada, la tristeza del fondo de sus ojos.

Lo peor de todo es que ha empezado a mirar de la misma forma a todos los demás, conocidos o desconocidos. Se convierte en una sombra que rehúyen, por su gesto hosco, sus modales distantes, la agresividad temerosa del tono….Y duele, pero ella, la rabia, lo cubre todo, lo iguala bajo su capa de homogénea simplicidad….La vida es dura, la gente es mala, estás solo…

Mira en torno, alarmado, cuando comprende que ha pronunciado en alto las últimas palabras de su amarga reflexión. Sigue sentado en la anónima terraza de un bar, no hay más mesas ocupadas, va con prisas el camarero en el interior del local, unos metros más allá. Está a punto de dejar escapar un suspiro de abochornado alivio, cuando una voz lo sobresalta a su espalda.

-Disculpe-

Se gira, para descubrir que ha pasado por alto la mesa de atrás, donde una sonrisa dulce despega unos labios ajados. No habría reparado en ese rostro corriente, de mujer mayor, aunque lo hubiese tenido delante. Ella se inclina hacia él desde su asiento, y frena súbitamente su ademán de ir a obviarla.

-Solo quiero informarle de algo que puede ayudarle- le susurra confidencial.

Él la mira sintiendo el ácido incontinente de la rabia, por lo que juzga impertinencia. Algo en esos ojos grises, empequeñecidos por redes de arrugas que los rodean, le obliga a quedarse prendido de esa mirada, en silencio, lo que da ocasión a la mujer a seguir murmurando:

-Cuando tenga esos pensamientos, imagine una bola en su cabeza que los contiene. Tome mentalmente esa bola y láncela lejos, donde quiera. Véala caer en un erial, en un pozo, en medio de un campo lejano…Da igual, ya no estarán dentro de usted, martirizándole. Entonces verá que todo no es como esos pensamientos le dicen, y que no es tan difícil librarse de ellos.-

“Otra loca”, pronuncia silenciosa y lapidariamente la inflexible voz del látigo de su cabeza. Pero algo se ha iniciado, un proceso de desafiante esperanza, enarbolada por su hartazgo de amargura.

-No le entiendo- contesta distante, sin embargo. Y la mujer sonríe más, y su mirada comprensiva y tierna le atrapa aunque se resiste.

-Si me entiende- dice ella, y se levanta lentamente para irse. Toca su hombro al pasar junto a él, apenas un roce casual, y él solo puede quedarse mirando como la desconocida se aleja acera adelante, dejándole un extraño sentimiento de añoranza.

Lo piensa mientras sigue sentado y la cerveza que queda en su vaso se calienta al sol de mediodía. “¡Bobadas!”, grita furiosa la rabia en el interior de su mente; y llega de nuevo, arrolladora, devolviéndole todo el dolor oculto de su realidad personal. Invoca entonces otra imagen, como en un juego. Es una gigantesca bola que devora las emociones que le hieren; las ve, contenidas como prisioneras en una inmensa pompa de jabón. Una flexible, resistente y compacta pompa de jabón que unas manos invisibles empujan lejos de él, lejos de su sentir, y a la que ve caer más lejos, en un mar remoto, surcando el cielo de la ciudad. Una irónica sonrisa le estira los labios, sin que se dé cuenta. Sigue imaginando el deambular de esa bola lejana que contiene su dolor, su frustración y su agonía. Sabe que volverán, liberados por su descuido, y sabe que volverá a encerrar esos sentimientos en otra bola mental que puede lanzar lejos, donde quiera, apartándola de él. Y de repente lanza una sentida carcajada que afloja sus brazos cruzados y su pecho oprimido. Ríe, sentado y solo en la terraza del bar, mientras desde el interior el camarero le lanza miradas de oblicua sospecha y piensa: “otro loco”.

7 comentarios:

Marmopi dijo...

Uf, si fuera tan fácil imaginar la bola rodando por un terraplén para así desprendernos de ella, aunque como primer intento no está mal. Voy a ver si mando mi bola bien lejos. Igual sólo es cuestión de ganas de quitárnosla de encima y no es tan complicado. Ya te diré si me funciona ;-)

Besos, locatis!

Lara dijo...

Es lo que ocurre con las bolas mentales,que produce la rabia tantas veces contenida; una vez que se instalan fijas y grandes de tanto rodar, es difícil sacarlas fuera. Son como esos invitados incómodos que no terminan de irse, ni captan la necesidad de ausencia de los importunados.

Siempre hay que intentar sacar fuera lo que duele dentro.

Un besico.

Carlos dijo...

Hola Atlántida.

Este relato me atrapó, no me identifico en el personaje pues soy un tipo feliz, libre de maldad y de rencores, no conozco ese estado de rabia. El tema es que conozco mucha gente que vive así…destilando rabia, enojados con el mundo y enojados con la vida misma, tristes prisioneros de la miseria mental que provoca la envidia y la hipocresía con que se manejan.

Aquí seguimos leyendo tus escritos.

Un fuerte y cálido abrazo desde Argentina.
Chau

Atlántida dijo...

Ciertamente, las bolas mentales las crea uno (o una), lo bueno de las bolas es que ruedan...,y se pueden lanzar cual balón de beisbol. Eso ya es cuestión de cada quién :)

Gracias a los tres, me alegra un montón veros por aquí.

Un abrazo...,bueno, tres.

Liptuan dijo...

Hola Atlan, me ha gustado mucho la solución sencilla y que me recuerda a las estrategias de la PNL.

Voy a ponerlo en práctica.

Gracias por escribir, espero que disfrutes mucho haciéndolo :-)

Atlántida dijo...

Hola,Liptu

Pues no sé mucho de PNL, aunque algo he leído. Pero te aseguro que ese es un método "casero" que me enseñaron dos personitas (en cariñoso,no porque no sean grandes personas)muy, muy cercanas a mí....¡Ya me he descubierto!. Si es que, al final, quienes escribimos somos solo relatadores de realidad...:)

Me alegra mucho verte por aquí, sinceramente. Gracias a tí por tu aprecio.
Un beso.

Gloriana dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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