viernes, 20 de septiembre de 2013

Corre, maldito, corre



El terror es oscuro, y el hombre lo percibe en todo su esplendor azabache. El miedo acerbo le rodea, impidiéndole ver nada más que esa completa negrura que parece amenazar su vida, convirtiendo en cacofonías los sonidos, llenándolo todo con un halo de sospecha y desespero. Por eso siente esas ansias de correr, correr huyendo de no sabe qué, hacia no sabe dónde. 

Correr, dejando todo atrás, sin distinción ni prioridad, mientras los nervios se disparan, los músculos se tensan y la mente se obnubila. Correr, marchar, escapar, como una consigna desquiciada que se repite en su cabeza. Es de lo único de lo que está convencido, de querer huir, de no querer mirar más esa negrura que él cree que es el entorno pero que está en su interior, llenándolo, invadiéndole como un parásito espeso y correoso.


Y corre, y se aleja, y sigue corriendo aunque en realidad se despeña en la cuesta abajo de su loca carrera. Porque, en la negrura, no se ve cuando acaba el camino, o cuando se desvía el rumbo apartando los pasos del sendero y llevándolos al precipicio. El hombre se desmorona, aunque cree que ha huido y aunque cree que corre, y sus pies aún dan zancadas en el inmenso vacío oscuro.


El paso del tiempo le ha amansado. Yace en un lugar oscuro, que puede ser la misma oscuridad que le ha hecho correr pero que ahora percibe familiar, inevitable, adherida como una pesada coraza que protege pero aísla. No recuerda de qué se tenía que proteger, ni siquiera si era necesario o solo una sensación pero, esa negrura que le atrapa y le mantiene acurrucado contra ella, le dicta pensamientos de irremediable defensión. 

Y, sin embargo, se siente indefenso. Aunque ha corrido, aunque se ha despeñado sin darse cuenta, aunque se sabe lejano y caído, siente la amenaza todavía cercana, rodeándole. Es por eso que se levanta, da dos pasos, ciego como un topo en mitad de ese oscuro túnel que es su vida, sin comprender que no huye de la negrura porque existe en medio de ella.


El dolor de su cuerpo le da un motivo para quejarse, para sentirse más impotente y más víctima, da igual de qué. Se queja del dolor, y eso aumenta la negrura, pero también aumenta el malestar. Vaga sin rumbo, compadeciéndose de sí mismo, incapaz de detenerse o de pensar en otra acción. Desde luego, nada de volver atrás, nada de mirar de dónde ha huido…; le asusta pensar que allí luciera el sol y solo su pánico egoísta le indujese a escapar. Le asusta haberse equivocado, como le asusta seguir adelante. No existe lo que no ve, ni lo que no reconoce, y él no ve nada y, por tanto, nada reconoce. Ni siquiera el miedo, que se ha instalado ya entre sus vísceras, que es lo que respira y lo que digiere a diario. Miedo negro, denso, convirtiéndose en parte de él mismo.


Sus manos palpan otro cuerpo, otra alma perdida en esa oscuridad. Se aferra ávido, desesperado, y la otra persona le agarra también con parecido afán. La soledad, al menos, termina con ese hallazgo mutuo.  Juntos caminan los siguientes pasos y, al cabo de un tiempo, el otro cuerpo busca su abrazo, tiernamente, cálidamente. Él responde, no por amor, quizás por gratitud, quizás por posesión, pero sobre todo por temor. 

Temor a perderle, a volver a estar solo. Prefiere a ese alguien desconocido que el vacio oscuro, el silencio hiriente, los ecos del pasado. Se queda junto a esa persona, compartiendo alimento, calor en el cuerpo y frío en el alma angustiada. Compartiendo temor, nuevo y viejo temor. Triste, inquieto, anquilosado y oscuro, muy oscuro temor.



6 comentarios:

Laura dijo...

Precioso. ¡Gracias!

Lola Romero dijo...

A tí por leerme, por el comentario, por ser tan maja...Un besito.

Carmen Callado dijo...

Volver por aquí, aún corriendo... Las voces gritan silenciosas palabras. Muy bueno tu relato...A mí no me da miedo; si acaso no escribir de miedo. Como tú, guapa.

Un abrazote.

Lola Romero dijo...

Verte es siempre un placer, aunque sea un momentito. Feliz de recibir tus palabras y tu visita. Recibido ese abrazote, y enviado otro igual de cariñoso....Ya sabes que te espero.

marisa moreno dijo...

¡Qué miedo nos da el miedo!
Menos mal que este tuyo es de mentirijillas, jejeje.
Te sigo, reina mora de la morería
Un buen achuchón sin miedo alguno a "despanzurrarte". Virtualmente no duelen, al menos, los abrazos

Lola Romero dijo...

Marimarmi, que ya sabes que los cuentos tienen su moraleja...¡nada de mieditos, pa más señas! Los abrazos nunca duelen si son con cariño, y el tuyo lo es. Yo te mando otro pa los madriles ¡Y un mogollón de besitos!

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