miércoles, 23 de junio de 2010

HOGUERAS


Acercó el rostro a la luz de la vela. Parpadeaba incesante la pequeña llama, ascendía el aroma a cera y a sándalo hacia su nariz. Contuvo el aliento por temor a apagar aquél pequeño corazón de fuego palpitante. La oscuridad la envolvía en la habitación, solo aquella vela era centro de luz. Lentamente, a medida que sus ojos se acostumbraron al brillo cobrizo de aquel resplandor, fue dejando ir sus lágrimas, fluyendo cada una con sus recuerdos…., y el dolor.

Noche de San Juan, noche de brujas, noche de magia. La noche del paso a otro ecuador, a otra vida, a otro cambio…; ruptura y comienzo, principio y final, renovación, simbolismo y superstición unidas. Y la vibrante ansiedad de sentir la vida, al fondo.

Todo el día había sido iniciático, una frenética preparación: primero, el viaje hasta las montañas; luego, ascender la carretera increíblemente sinuosa, empinada, metros y metros de precipicio arriba. Y, llegando al pueblo, descubrir que el frenesí, aún bajo el cachazudo aspecto de calma, se unía al de los habitantes. Todos hacían algo para preparar la noche; los niños transportaban maderas y muebles viejos a lo alto de la ladera; los hombres dejaban los aperos de labranza y las herramientas de trabajo para desaparecer en vehículos cargados por el camino entre la espesura; las mujeres andaban afanosas, parloteando excitadamente de comidas preparadas o en proceso de preparación. Había una satisfactoria tensión latente, generalizada, tácita. Por eso apenas reparaba nadie en los forasteros que se habían unido a sus vidas cerradas de aldeanos montañeses, aquél día.

Gerardo se lo había explicado, con el mismo entusiasmo que ahora descubría en aquella gente. Un pueblito singular donde pasar la mística noche de San Juan, el solsticio de verano. Unas tradiciones que se perdían en la memoria de los tiempos. Un simbolismo particular, atávico y, por ello, exótico. Él la había arrastrado hasta allí, que no convencido; ella le seguía, en aquellos años, tanto por descubrir lo que él quería enseñarle, como por amor ciego, entregado.


Y, allí estaba, en un día brumoso y húmedo, en medio de una soterrada actividad, en la preparación de una extraña fiesta que más parecía un ritual.
Llovió un poco por la tarde, y se notaba la preocupación en las caras. El pequeño bar, que olía a moho antiguo y a aceite requemado, estaba casi desierto. Apenas dos parroquianos, arrugados y silenciosos, consumían sendos vasos de vino oscuro. Ella y Gerardo eran el resto de la clientela. Gerardo no dejaba de parlotear; ella había dejado de escucharle hacía un rato. Eran siempre las mismas cosas, detalles y recuerdos de su infancia en aquél pueblo, en las temporadas vacacionales, en casa de unos tíos ya desaparecidos. Su familia era originaria de aquél lugar, pero hacía casi un siglo que todos se habían trasladado a las grandes urbes; solo los tíos se habían quedado, y ya ni ellos estaban, hacía años. Hizo girar el vaso entra las manos, distraída. Desde que salieran de casa, sentía un extraño hueco en el estómago y la cabeza como embotada, distante. No es que le aburriera el divagar entusiasmado de Gerardo, es que no tenía capacidad de retener sus palabras; todo sonaba lejano, como murmurado tras un muro…Solo le atraían los ires y venires de los hoscos habitantes del lugar, su silencio al cruzarse con ellos dos, sus displicentes miradas y su condescendiente comportamiento . Y todo ello estaba incluido en el mismo sueño desvelado que le parecía el entorno.

Al fin, llegó la noche. A las nueve en punto se celebraba una misa en la pequeña iglesia. Se apiñaron los dos entre la multitud congregada. Olía fuertemente a cera, a cerrado y a humanidad; diríase que aquél templo diminuto no se usaba con frecuencia. Los murmullos no cesaron en toda la ceremonia. El sacerdote - un joven treintañero que había aparecido en una vetusta motocicleta, justo antes de la celebración religiosa, y que desapareció con la misma presteza en cuanto acabó- disertaba sobre San Juan Bautista, su vida y su muerte, sin que nadie pareciera muy interesado en el sermón. Sin embargo, casi todos los presentes comulgaron, inclinando la cabeza, introspectivos, y un alivio colectivo pareció alzarse cuando la misa concluyó y las puertas volvieron a abrirse.


La alegría en los rostros se acentuó cuando salieron de la iglesia a una noche fresca y despejada. La mayoría alzaba los ojos hacia el cielo cuajado de estrellas, oscuro como una promesa. Luego, con sonrisas anticipatorias, corrían hacia sus coches o empezaban a ascender, en ordenadas hileras a ambos lados del estrecho camino, hacia lo alto de la montaña. Gerardo y ella se unieron a este último grupo, caminando de la mano, lentamente, entre unos jóvenes que se pasaban una bota de vino y unas cuantas fruslerías, riendo y bromeando. Pronto se sumieron en las sombras de la espesura; alguien encendió una antorcha, y luego fueron dos, y otras más que brillaron más adelante y más atrás de la hilera andante. Los árboles y los matojos que bordeaban el sendero parecían enormes guardianes de un singular desfile. Poco a poco, la animación fue extendiéndose en las filas, cantos y risas se oían por todas partes, silenciando las maniobras de las pequeñas alimañas nocturnas que se movían entre las ramas.


Y llegaron al claro, al final del camino. Recordaba cuanto le sorprendió la enormidad del lugar, circular , amurallado por troncos de gruesos abetos que agitaban sus copas oscuras, como saludando a los recién llegados. Los preparativos de aquél día descansaban sobre la hierba; montones de mesas y tenderetes, repletas de comida, bebida y toda clase de adornos bajo la luz de los candiles, largos palos que sostenían guirnaldas y banderas multicolores y, en el centro, la enorme hoguera que ardería a media noche, rodeada de multitud de velas blancas y cuencos de agua. Recordaba como un oscuro sentimiento veló todo lo demás a sus ojos, al verla; no era temor, ni aprensión, y tenía un poco de todo ello; era algo parecido a una intuición ansiosa, atávica.


Los aldeanos se habían distribuido como bajo unas ordenes no escritas; al fondo, junto a las mesas, los más viejos y sus hijos; los hombres más jóvenes merodeaban cerca de grupos de muchachas, que les daban conversación o reían provocadoras, según los casos; los niños corrían por doquier, lanzándose petardos o puñados de tierra.
Pronto, el lugar adquirió el aspecto de una verdadera fiesta y grandes y pequeños se mezclaron compartiendo su alegría al son de una música repetitiva y hechicera, que interpretaban unos improvisados músicos. Gabriel tiró de ella hasta el centro del claro, donde varias parejas se habían lanzado a un frenético baile. Les imitaron, sin dejar de reír, una risa nerviosa y pegadiza que no les dejó en mucho rato. Él la besaba en el cuello y los hombros, abrazándola, para volver a separarse sin soltar sus manos y sin dejar de girar. Ella se dejaba envolver por aquella atmósfera increíble, mágica en su rusticidad. Y, de repente, la música cesó y los danzantes se apartaron.

El silencio se hizo en el claro, mientras unos hombres se acercaban a la hoguera con teas encendidas. Ella se abrazó a su pareja, como si algo inconcebible fuera a ocurrir. Los hombres lanzaron sus antorchas a la pira, y ésta se encendió con un bramido colosal. Un alarido conjunto se alzó de las gargantas de los presentes, mientras las llamas gigantescas lamían la madera, creciendo desmesuradas. Se diría que nadie osaba respirar mientras el fuego hacía su trabajo. Todos observaban, en contenido silencio, mientras solo se oía el crepitar de la leña quemada y la leve brisa soplando entre los árboles.

Cuando, en un espacio de tiempo que pareció eterno, la altura del fuego menguó, empezó otro singular desfile. Hombres jóvenes o de hasta de mediana edad se dispusieron a ambos lados de la muralla ardiente; unos mirando al norte, otros al sur. De nuevo empezó a sonar una música, esta vez sinuosa y lenta, un son de flautas y dulzainas que se iba elevando poco a poco. Los hombres estiraban los brazos, sacudían las piernas como en un pre calentamiento concienzudo y meditado. Un tamboril empezó a puntear la melodía,y el primero de los hombres junto a la hoguera se agachó un poco, miró a las llamas y echó a correr hacia ellas. Fue como si la música marcase su breve carrera, nada más que ésta y los pasos rápidos del corredor se escuchaba. Y, entonces, el hombre saltó, y atravesó la marea roja y ardiente, cayendo al otro lado. Los vítores y las palmas sonaron de golpe, como otro tambor demencial, y otro saltador se aventuró a la hoguera, salvándola ileso también.

Uno tras otro, los hombres corrían, el rostro tenso, los gestos ágiles, y saltaban para coronar la cumbre de llamas. Todos eran recibidos al cruzar por mujeres que les abrazaban y les obsequiaban con besos y coronas de flores.
Prendida en aquél hechizo, ella preguntó a Gerardo a qué se debía aquél ritual. Al principio, temió que él no la hubiese oído, por el fragor de la fiesta y lo embebido en ella que parecía; pero le oyó gritar entre la miríada de sonidos: “es el comienzo de muchas nuevas vidas”. Ella volvió a mirar a los saltadores de la hoguera, con aquellas palabras danzando febriles en su mente.

Y, de pronto, el corazón empezó a latirte desaforado, cuando vio a Gerardo correr también hacia el fuego. Le miró, incrédula, y captó una sonrisa salvaje en su rostro que la dejó paralizada. Quiso detenerle, pero él ya estaba presto a saltar…, y saltó; su cuerpo se convirtió en una sombra oscura mientras traspasaba con éxito la flama inmensa, y luego se desplomó en la hierba iluminada, como un muñeco roto. Corrió ella, con el miedo golpeteando en sus sienes, y comprobó como él se levantaba, estallaba en carcajadas de loco y se lanzaba a sus brazos.
Le abrazó aquella noche como nunca más volvió a hacerlo. Y ella siempre pensó que fue el olor de aquél fuego en sus ropas, el éxtasis de aquél abrazo, y su risa, lo que la impulsaron a hacer lo que hizo. No recordaba muy bien cómo, pero se había situado frente a la hoguera y sus pies hicieron el resto. Saltó tan alto como pudo, abalanzándose sobre las lenguas de fuego, y solo sintió un tremendo deseo de vivir, de amar y ser amada, y el ardor de las llamas bajo su cuerpo.

Ahora, tras el curso de varias décadas de tormentoso amor junto a Gerardo, miraba la llama de una simple vela, en la soledad de su habitación. Se había acabado su unión, se agotó la magia que creyeron poseer para siempre aquella noche, hacía tantos años. Estaba sola, herida en su interior, cansada de tristeza. Lentamente, se incorporó de su asiento en la habitación oscura. Tomó la vela entre sus manos, mientras en la calle retumbaban los petardos y los fuegos artificiales. Mirando fijamente aquella pequeña llama, puso el cirio en el suelo, cerca del balcón, frente a la poderosa luna que brillaba sobre los edificios y, alejándose unos pasos, tomó empenta y salto aquél remedo de hoguera, aquella pequeña llama simbólica de una gigantesca pira que la había devorado, sin ella saberlo. Ésta vez no hubo música, ni frenesí, ni más éxtasis que su propio alarido gritando: “¡mi vida es mía!”.

3 comentarios:

Lara dijo...

Querida Atlán, como siempre un placer leerte imaginando la posible realidad que reflejan tus relatos.
El salto dado sobre minuscula llama remedo de la gran hoguera, tendrá un efecto mágico y fortalecedor sobre su capacidad purificadora. No en vano, es la fuerza de los deseos lo que hacen posible su consecución.

Me ha gustado mucho.
Un beso.

Marmopi dijo...

Totalmente de acuerdo con Lara. Sólo el deseo de cambiar la vida hace posible que eso se consiga. Aunque claro, hay que ponerle empeño. Estoy segura de que eso lo estás haciendo a piés juntillas.
Sigue así, guapísima. A partir de ahora no saltarás velas en San Juan. Eres capaz de saltar una pira de narices. Sólo te lo tienes que proponer :-D

Atlántida dijo...

Queridas Lara y Marmo, la protagonista del relayo y yo os damos las gracias por vuestros ánimos. Ella se siente más viva y más real por esas palabras, y yo contenta de que os haya gustado ;)

Besos

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