jueves, 3 de junio de 2010

La casa en la cuneta













El viejo miraba por la ventana. Veía sin ver el mismo árbol amarillento y triste frente a la casa, la misma pequeña fuente de piedra, ahora seca y casi arrancada de la tierra, la misma valla baja, insuficiente y torcida que veía cada día, durante incansables y eternos minutos que se sucedían sin apenas reparara en nada. Solo miraba, y sus ojillos legañosos parecían adentrarse en él más allá de esos objetos; es decir, en la carretera y en los campos del otro lado, inmensos y verdes hasta perderse en las montañas grises y sin nombre.



El hijo o la nuera venían desde el pueblo cercano a traerle las viandas del día a día. Él apenas hablaba, les dejaba entrar, les obviaba a ellos y sus eternas quejas sobre su comportamiento, su abandono o su silencio. Comía algo cuando al fin se iban, lentamente, como a desgana, y guardaba el resto en la alacena para ir a colocarse frente al sucio cristal de la ventana y seguir mirando.


Hacía años que estaba allí; su entorno eran aquella casa, que se caía a pedazos, como él, y la reducida vista desde aquel mirador. Verano o invierno, fijaba la vista y se quedaba inmóvil, perdido en un mundo inaccesible y propio.


Nadie sabía qué atravesaba su mente mientras su cuerpo envejecía aún más, se debilitaba, coleccionaba profundas arrugas de dolorido estoicismo. Él solo miraba, como si esperara, y nunca nada cambiaba a sus ojos.



Un día, vio un automóvil detenerse frente a la pequeña verja de madera. Era un coche rojo, algo desgastado el color y las formas, como muy trotado. Arrastraban polvo las ruedas y hasta las ventanillas, y tenía torcido el retrovisor. El viejo no se movió, siguió mirando, ausente a todo, mientras la puerta del conductor se abría y un joven de unos treinta años, en mangas de camisa, se apeaba despacio, miraba en torno y atravesaba el minúsculo y arrasado jardín en dirección a la casa.


Llamó a la puerta con firmeza, insistió el enervante agudo del timbre varias veces; el viejo siguió inmóvil, mirando el gris acerado de la carretera vecina. Sonaron unos golpes dados con el puño, menos cordiales, pero nada perturbó la fijeza de aquellos ojos, ni su dueño movió un músculo del cuerpo o de la cara. Al fin, las llamadas cesaron y, si acaso, podría haberse advertido un mayor relajo en la expresión estática del observador de la ventana. Fueron unos segundos, hasta que otro rostro apareció al otro lado del cristal.


El joven del coche le había descubierto en su otear obstinado; le sonreía amigable, apoyando un codo sobre el alfeizar de la ventana, lleno de polvo y hojas secas.



-Buenas tardes, señor- saludó, y el viejo ni pestañeó, la vista al frente, aunque pudiera parecer que su gesto se hacía más huraño, contrariado por aquella merma inesperada de su paisaje.



-¿Podría atenderme un momento?, siento molestarle, pero solo necesito una firma…Es para…¡bah, le comprendo, estas cosas siempre incordian, es verdad!-



Sonreía el hombre joven, y el viejo le miró de pronto, sorprendido por la salida.


-Me envían de la aseguradora…, tiene usted unos papeles pendientes que firmar, desde hace cinco años….Del seguro de decesos, creo; pero, no se preocupe ahora, siga mirando el paisaje, yo le hago compañía, no tengo prisa. Quizás cuando anochezca…, querrá usted abrir y hablamos-


Se sentó el desconocido en el pretil, los brazos relajados sobre las piernas, y se puso a mirar hacia la lejanía igual que el viejo.

Los dos estuvieron en silencio unos quince o veinte minutos, mientras la tarde declinaba y solo se oía el trinar distante de algún pájaro y el eventual circular de algún vehículo. De vez en cuando, desviaba el viejo un ojo al acecho hacia su improvisado compañero al otro lado del cristal, y volvía a su aspecto circunspecto y despegado. Al cabo de ese tiempo, el joven suspiró ruidosamente y comentó, como al viento:


- ¡Si mi padre pudiera ver y sentir esta paz, también se pararía a mirar por la ventana!...Pero, ¿sabe usted?, él vive en la ciudad, y solo sabe trabajar y trabajar… Tanto que ni se pregunta por qué trabaja; tanto que lo ha convertido en el centro de su vida…Él mismo dice que, si dejara el trabajo, tendría tiempo de pensar en demasiadas cosas…Pobre, creo que eso lo mataría…-



Escuchó el viejo, pero permaneció impertérrito, y el joven volvió a la silenciosa meditación. Pasó al vuelo un pájaro, se perdió en el follaje del árbol medio seco, sopló con fuerza una ráfaga de aire, las sombra se fueron convirtiendo en noche. Ya no se distinguía apenas la cara del viejo, al otro lado del cristal de la ventana; el joven había cruzado los brazos sobre el pecho y apoyado la espalda en la pared de piedra de la casa. De pronto, se oyó un carraspeo, casi como el sonido de una rama al quebrarse, y la voz del viejo dijo, ronca:



-¿Sabe porqué pensar mataría a su padre?-



En la penumbra creciente, el joven contestó sin dudar, en tono melifluo :



-Si, pero él no quiere escucharlo-



Silencio dentro de la casa; al poco rato, una luz que se encendía, crujir de madera vieja, y la ventana se abrió dejando asomar medio cuerpo del viejo.



-Le firmaré esos papeles, si me lo explica- pronunció en un susurro áspero.



El hombre joven sonrió, tan amable como si acabara de llegar y hubiera conseguido su propósito de inmediato.



- He venido por su firma; la historia mañana, en el café de la plaza- contestó, alargándole un bolígrafo y un pliego, extraídos de su carpeta como por arte de magia.



El viejo dudo, agarró el bolígrafo sin dejar de mirar al otro a los ojos, y estampó su firma en el papel.



-A las seis- dijo. El desconocido asintió, sin abandonar su sonrisa.



La tarde siguiente, una hora antes de la señalada , el viejo salió por primera vez en cinco años de la casa de la cuneta, y se encaminó despacio hacia el pueblo, mirando en lontananza.

6 comentarios:

bicipalo dijo...

Bien Atlan, bien..., realmente no soy quien para decirte si escribes bien o si escribes mal, para corregirte o para decirte "cambia esta palabra o pon esta otra...", aunque lo halla echo alguna vez, desvergonzada osadia la mia..., ahora solo te diré que tienes algo que todo narrador debe poseer o sentir..., es el interes por lo aparentemente simple, como puede ser el ver a un viejo, a un anciano mirando por una ventana, tras el cristal..., algo tan simple que tu lo conviertes en un buen relato corto.
Lo dicho, me ha gustado.

Lara dijo...

Pues mira, nena, yo me lo he leído y releído para "descifrarlo mejor" He creído entender la necesidad del anciano de pensar, no solo mirar al vacío. Por eso cuando oye que si el otro hombre pensara, se moriría, quiere saber la "fórmula" para terminar, para dejar de vivir esa vida sin aliciente alguno, donde sólo espera y espera mirando sin ver. Quiere pensar,recordar para morirse de nostalgia.
Bueno, eso es lo que yo interpreto. Tú me dirás...
Me ha gustado especialmente.
Besicos.

Atlántida dijo...

Vosotros ya sabéis lo que se agradece que te lean,en cualquier parte que publiques (que para eso publicas); en mi caso, saberlo y que además mis lectores se conviertan en amigos (si no lo eran ya) es un honor y un orgullo...Así que, por favor, bici-hombre,o hombre-bici, sigue sincerándote conmigo sobre mi forma de escribir..,me ayuda a crecer (y soy bajita) :)

Muchísimas gracias, me alegro que ésta vez te guste y que sigas viniendo por aquí.
Saludos.


Mi querida Lara.

¡Has dado en el clavo!...casi. Quizás "mi" viejo en la ventana se pregunta cómo no lo matan a él los recuerdos y los pensamientos,si no hace otra cosa que repasarlos...O cómo ese otro hombre consigue evadirse de su pasado y sobrevivir, aunque sea auto engañándose...O porqué,si el hijo sabe lo que le pasa al padre,éste no se deja ayudar...O todo eso a la vez.
Pero,¡psssh!, ¡que eso lo dejo para convertirlo en novela! :)

Mil gracias, te sigo por el bosque. Besos

Gloria dijo...

Hola Atlántida, por aquí estoy como te dije.

Maravilloso relato, me ha encantado. Has descrito también a ese viejo ensimismado en sus pensamientos que me ha resultado muy fácil verlo con tus ojos. Te felicito. Además el relato tiene la suficiente fuerza como para atraparte y tirar de ti hasta el final.

Sé lo bien que escribes por los años que hace que te conozco, y tan solo decirte que vas mejorando como los vinos con solera.

Me ha gustado tu blog, volveré por aquí.

Saludos.

skiper dijo...

Desde que he comenzado a leer el relato, me he quedado como el viejo en la ventana...vamos, que llega a ponerse delante mio la Angelina Jolie, y ni me entero ( bueno me pasado, vale... si que la hubiese visto, sijajaja).

Y al final me quedo con la misma cantidad de intriga, que el viejo con el chico. No por saber el motivo del cual se moriria el padre del joven, sino cuales son los motivos del viejo para estar estar siempre "mirando" y en teoria pensando. Vamos, que he decidido comentar tu documento, con la intencion de que me cites un dia en un cafe a las seis, para que acabes de contarme la historia... te parece bien???

Besotes de secano.

PD: sigue escribiendo,creeme es mucho mejor que leer segun que recetas...

Atlántida dijo...

Gracias por la visita y por tus palabras,Gloria.

Blogeamos juntas,aunque no revueltas :)

Un beso.


Skipy,gracias por darme una indicación más de que el relatillo promete...,que tiene continuación,vamos. Así que ese café tendrá que esperar a que cobre los royaltis de autoria...,o algo de eso :)
No te preocupes,te regalaré el libro,si llega a serlo ;)

Cuando nos veamos ya te lo llevo, de paso.

Besotes sequitos.

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