sábado, 16 de abril de 2011

Ghótica


La vida eran nubes perpetuas de tormenta. Ella un pequeño insecto a ras de tierra, frágil y oscuro, pequeño y vulnerable. Los demás, eternos depredadores egoístas y mezquinos. Incluidos sus padres, incluidos los profesores, viejos sabihondos prepotentes...La música del Ipod le golpeaba los oídos, la embargaba, le ayudaba a huir hacia otra parte...Reinos de muerte donde volvía a la vida..., a otra vida; la vida que soñaba, plena de fantasía y cosas imposibles que se hacían reales. Con los ojos cerrados, se imaginaba como la reina oscura de su imperio irreal. Cruzando la niebla, al otro lado de un paisaje de pesadilla que hacía arder sus venas...entregarse a la oscuridad,¿por qué no?...

La puerta se abrió y ella abrió los ojos, volviendo a la luz artificial del cuarto y a la cruda realidad. Su madre la miraba ceñuda desde la entrada. Se incorporó en el lecho, y arrancó de sus oídos los diminutos auriculares. Le costaba fijar la mirada, bajo el resplandor de la lámpara.


-Pensaba que estabas estudiando- dijo su madre, con su típico tono de reproche.


Suspiró, murmuró una disculpa que sonó como un graznido seco, como seca estaba su garganta. Su madre torció más el gesto; siempre igual, ya preparaba el próximo discurso....Alisó la larga falda negra que vestía, y apoyó los codos sobre las piernas dobladas, ocultando el rostro entre sus manos frías.


-¡Mírate...- Ahí estaba, no pensaba contestar...; la madre continuó el soliloquio, como ella esperaba.


-¡Vestida de negro, a tu edad, como si llevaras luto por alguien...que triste!-

Cerró los ojos sin mover ningún otro músculo.

-¡No finjas que no me oyes!...- ahora se acercaría.
Su madre se acercó, se sentó a su lado en la cama, un brazo rodeo sus hombros, ella no se inmutó.

-Hija,¿qué te pasa?. ¿Porqué has cambiado tanto de un tiempo hacia aquí?...La culpa la tienen esos amigos que tienes...y estas ropas oscuras, como de viuda antigua...-


Le entraron ganas de reír, pero se contuvo;¡era tan absurda, aquella mujer!.

-¿No te das cuenta de que te estás amargando tú sola?. Bueno, tú sola no, porque esa gente con la que vas, y que te niegas a traer a casa...¡todos con esas pintas extrañas!. Por Dios, hija, si da miedo verles...A saber dónde te llevarán...¡si se enterara tu padre!...Pobre, bastantes disgustos le das...Y con ese carácter que tiene...,mejor que no lo sepa. Yo no le digo nada, ya lo sabes; pero, por favor, ¿no podrías ponerte otra ropa?...y esta habitación, ¡ay, Señor, que cada día cuelgas cosas más tétricas de las paredes!...Eso no puede ser bueno,¿me oyes?. Una chica tan joven como tú no puede vivir rodeada de fotos de monstruos y cementerios...-


Su madre se presignaba, estaba segura aunque no la miraba. ¡Patética!, pensó.

-Escucha, tú no eras así hace unos meses,¿te acuerdas?. Cuando eras amiga de Mónica y de Ángela...¡esas si son buenas chicas!. ¿Te dije que vi a Ángela con su madre, el otro día?. Me preguntaron por ti; parecía muy preocupada, tu amiga...y un poco triste. Creí que iba a decirme algo, porque me miraba de una forma rara, pero al final nos despedimos y no dijo nada especial...Bueno, solo que no les hablabas, en el Instituto...¿Se puede saber qué te han hecho?...Nada, claro, solo que ahora prefieres salir con los bichos raros esos...


Silencio; su madre esperaba una respuesta que ella no iba a darle. No sabía qué decirle... Sus viejas amigas,¡estaban tan lejanas ahora!. Tontitas convencionales, conformistas y risueñas como criaturas pequeñas...,no tenían su experiencia,...claro que, a ellas, no las obligaban a seguir una normas absurdas en sus casas, como hacían sus padres. Ellas no soportaban, encerradas en sus habitaciones, los gritos histéricos de su padre, ni los llantos amordazados de su madre, escondida en cualquier parte de la casa...ellas no veían crecer a sus hermanos cada vez más confusos, aquella mirada de terror incrédulo que ella veía en los ojos del suyo...Sus felices y confiadas amigas, que podían decir que querían a sus padres...; ella sentía el odio y la compasión creciendo en su interior cuando miraba al uno y a la otra... ¿Porqué la habían traído a este mundo?, se preguntaba.

La madre se levantó de nuevo. Estaba mirándola, esperando, pero no conseguiría nada. No más lágrimas delante de nadie, no más recapitulaciones...


Bajó las manos de la cara cuando oyó cerrarse la puerta. Como en un sueño, se puso en pie y anduvo descalza hasta una cómoda. Del cajón superior, sacó una pequeña cajita lacada. Volvió a la cama, y se sentó depositando la caja sobre la colcha sedosa. Con dedos seguros cogió un pequeño objeto brillante, una cuchilla de afeitar , afilada y delicada como una mariposa de acero.


Alargó la otra mano para conectar el aparato de música, y una voz extraña inundó las cuatro paredes del cuarto, bajo el influjo de una melodía lenta, ensoñadora. Lentamente, descubrió su brazo derecho y paseó la hoja de afeitar por su carne blanca y suave. El dolor la envolvió como una droga lacerante. Cerró los ojos, extasiada por su tormento. Pronto pasó, en cuanto fijó la mirada en las gotas de sangre que corrían por el dorso de su antebrazo. Sacó una gasa blanca de la caja, y limpió las gotas carmesí, antes de que cayeran sobre la cama. Luego, miró aquella herida abierta en su carne y se dejó llevar por sus pensamientos de culpa y derrota. Sola, estaba sola.

Gabriel y otro tipo jugaban a empujarse cada vez más fuerte; ella los miraba, somnolienta y aburrida. El alcohol embotaba sus sentidos y, aún así, pensó que aquellos dos parecían idiotas.

La música atronaba el receptáculo opresivo que era la discoteca. Abandonó su rincón, segura de que nadie repararía en su marcha. A trompicones se abrió paso hasta la salida, cruzando un pequeño mar de cuerpos sudorosos y crispados.

Cuando cruzó las puertas del local, un viento helado le azotó de pleno. Miró hacia las altas farolas que pugnaban por romper la noche. Silencio, pero no paz. Le dolía la herida del brazo, una de tantas, la más reciente. La acarició tras levantarse la manga, paseando la yema del dedo levemente, y alargándola hacia las otras cicatrices, rosadas algunas, algunas casi invisibles ya. “El dolor te transporta y les castiga a ellos”, decía Deadman...Deadman, su primer amigo, su primer maestro, su primer amor...Era como si aún pudiera leer esa frase luminosa en la pantalla de su ordenador...Fue emocionante conocerle en persona, al principio. Él le mostró un mundo que no conocía, un mundo repleto de gente de su edad, que sufrían, como ella, y que decían huir del dolor con el dolor...Filosofías perdidas, fantasías atrapadas, realidades que se transformaban en oníricas escapadas hacia delante...hacia ninguna parte. Deadman también se había ido...la dejó, cuando otra presa se cruzó en su camino. Ella dejó de interesarle, ya estaba metida en el grupo, le aburría. Lo interesante para él era encontrar carne nueva, otra ingenua doliente a quien transformar en su víctima, en su cómplice...hasta que se acabara la adrenalina de acercarla al precipicio...Aquél dulce precipicio.

Una mano la sacudió por el hombro, se volvió, sobresaltada, aún a sabiendas que sería alguien de su grupo. Gabriel la miraba con ojos acuosos, la cabeza inclinada con afectación, caído el labio inferior en su rostro de drogado.


-¿Porqué te has ido?- murmuró, inquisitivo, dueño y señor ofendido.

Ella dio un paso atrás, esquiva, mientras se bajaba la manga delatora. Él siguió su mirada y se acercó a ella, cogiéndole el brazo con violencia.


-¡Joder, no me digas que tú también haces esas cosas!.¡Qué valor, déjame ver!


Ella intentó zafarse, pero él ya le había vuelto a subir la manga. Sus ojillos vidriosos se agrandaron ante la vista de los arañazos. Se quedó mirando, sin decir nada, con un interés mórbido que le recordó a Deadman. Se apartó de él de un brusco tirón, y corrió cruzando la calle.


Al otro lado, se detuvo junto a la pilastra del puente. Las aguas brillaban, negras, con el parpadeo de las luces. Inclinó el cuerpo sobre la pared de piedra. Cerró los ojos,respirando ansiosamente, y los volvió a abrir. Algo,allí abajo, le ofrecía descanso, la llamaba y la atraía. Ir al otro lado, fuese lo que fuese eso. Todo mejor que quedarse aquí, como un monstruo de feria observado y observando a los demás. Silencio, paz por fin...Algo más bello que este mundo en el que todo costaba tanto...¿Dónde estaba la belleza en este mundo?...¿dónde?...Se inclinó más sobre el pretil, sentía balancearse el cuerpo. Sería como volar, solo un movimiento más, y volaría unos instantes y,luego...Su vestido se agitó a su alrededor, vio sus brazos aletear,frenéticos, y solo entonces comprendió que estaba cayendo. Vio las aguas oscuras acercándose, alzó la vista un momento, incrédula, y vio la ciudad al otro lado del rio...hermosa como una gema, silenciosa como un paisaje soñado, conteniendo mil promesas que ya no podría ver, que ya no podría intentar. Los ojos tristes de su hermano pequeño se le reflejaron en la superficie del agua, arrasados de lágrimas...pero no eran los de él, eran los suyos.


Nota de la autora: Este relato lo escribí para otro lugar, otras "Voces de la Atlántida". Ahora, lo incorporo a este blog para que se conozca de donde procede la nueva historia, que viene a continuación...Y que se títula, como no, "Ghóticos". Espero que ambas os gusten.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Un placer leerte y a la espera de ghotico
Saludos

Atlántida dijo...

Gracias,...Anónimo. Me encantaría darte un nombre, y que te gustase Ghóticos :)

Saludos

Marmopi dijo...

Nena, transmites como quieres. Da gusto. Parece que a la que te leo veo las imágenes de la chica y uno tras otro los pasos que va dando.
Voy a leer la segunda parte :-)

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