sábado, 16 de abril de 2011

Ghóticos II


Da una sacudida, dormido, y el sobresalto le despierta. Gabriel se sienta en la cama, en medio de la oscuridad, respirando agitadamente y sintiendo cómo su corazón late apresurado, conmocionado todavía por las imágenes repetitivas de la pesadilla. Nota el olor acre de su propia transpiración en el cuarto.

Unos segundos, y su mente se tranquiliza lo bastante como para dejar que el cuerpo deje de temblar y animarse a encender la lámpara, que devuelve un poco más de serenidad a su espíritu alterado. Esconde el rostro entre las manos, alborotando sus largos cabellos negros, ondulados y sedosos como los de un oscuro príncipe medieval.

Tres años hace que la vio saltar al vacío desde el pretil del puente, al otro lado de la carretera donde estaba la discoteca, y todavía le convulsionan esos momentos. No solo en sus pesadillas, que forman parte ya de su rutina onírica; el día a día es una lucha agotadora de echar capas sobre el recuerdo. La quería. Más de lo que hubiera admitido, incluso creído, entonces.

Era bella, desvalida y solitaria como una mariposa negra. Atormentada, insegura y frágil, intentaba refugiarse en la insulsa promesa de los grupos marginales de moda, buscando- siempre buscando- un alma gemela que la entendiera y la arropara. Tenían mucho en común, pero eso él lo sabe ahora, no entonces.

Los dos se sentían fuera de lugar en sus familias; los dos habían creado un universo paralelo, idealizado y tétrico, donde sus mentes post infantiles recreaban los cuentos, poniéndolos del revés. Parecía muy atrayente descender a aquellos infiernos de material de atrezo: románticos encajes negros, largas vestiduras, pálidos rostros remarcados por la línea negra del maquillaje de rigor. La tristeza y la fatalidad como fondo; nada a esperar, más allá de la melancólica soledad de un cementerio que eran sus almas. Y, en él, olvidar la desidia y la brutalidad de un mundo que no comprendían, y que les había dejado solos con sus infancias traumatizadas.

Sacude los últimos residuos de la pesadilla bajo el agua de la ducha matinal. Con los ojos cerrados, todavía la ve; una mágica y siniestra silueta oscura saltando el bajo muro de piedra del puente. Fue un instante, que lo dejó paralizado, incrédulo, al otro lado de la carretera, hasta que su cuerpo reaccionó por él y cruzó, imprudentemente raudo, solo para descubrir un bulto informe flotando sobre las aguas brillantes y nocturnas del rio. Ahora, cuando consigue dormirse, aparece en sus sueños, envuelta en brumas, recortado por la melena empapada el rostro inerme, mortalmente lechoso y angelical. Como la vio cuando la sacaron, cuando le hicieron acercarse a reconocerla para que no tuvieran que hacerlo, aún, sus padres.

-¿Es tu amiga?- preguntó aquél policía. Y él estuvo a punto de gritar, esperanzado: -¡Sí, y aún respira!- Pero no era verdad, solo el juego cruel de las linternas sobre los rasgos del cadáver, y su grito se convirtió en un nudo inmenso en medio del pecho. El nudo que aún ahora, tres años después, le oprime a ratos y no le deja respirar.

En la Facultad, le abren paso por los pasillos mientras avanza. Los más jóvenes le creen un gurú de lo tétrico, un líder, una vieja gloria, sabia y misteriosa, de la “cultura” gótica urbanita. No advierten que no es más que un cascarón andante, una sombra vacía y sufriente, que ya no tiene nada de aquél aprendiz a marginal rebelde y estúpido, y que mantiene su aspecto de niño-vampiro como una última impostura. Llega al aula, y ocupa su puesto entre la indiferencia general; allí no tiene amigos, es el “raro”, el que suscita apenas una sonrisilla socarrona en algún estudiante veterano, el que siempre anda solo, introspectivo y taciturno. No le importa, como casi nada le importa ya, por mucho que se empeñe su psicólogo en que su ánimo va mejorando.

A mediodía, Gabriel se desliza con gestos lentos y felinos entre el bullicio de los jóvenes que llenan el comedor estudiantil y el ruido de platos y cubiertos. Toma asiento en una mesa apartada, junto al sucio ventanal que da al césped del campus, y aparta la mirada de su bandeja de comida precocinada para fijarla en la luminosa tarde que se abre al otro lado del cristal. Mira a las despreocupadas muchachas que caminan, seguras y altivas, en distintas direcciones. Todas y ninguna se parecen a ella. Se pregunta cuántas de ellas ocultan las marcas de los tremendos arañazos de las cuchillas bajo las mangas; pequeñas dentelladas metálicas a la soledad y la locura, suplicio voluntario como tributo a un dolor interno que no se iba a marchar. Ella las tenía, ella se mortificaba la piel como mortificaba su alma, auto lesionándose con pequeñas navajas o cuchillas de afeitar. Él no lo supo hasta el mismo día en que la vio morir, cuando la sorprendió mirándose las cicatrices de su brazo, y se quedó exultantemente pasmado al descubrirlo. Entonces, no era más que otro niñato inconsciente y drogado, que encontraba un mórbido interés en aquél vicio de auto lacerarse que se iba extendiendo entre algunos de sus amigos. Ahora, un rubor malsano le quema el rostro cuando lo recuerda.

Siente que se odia, cuando piensa en lo que pudo evitar. La angustia y la rabia le encolerizan contra sí mismo. ¿Cómo no se dio cuenta?, ¿cómo no entendió, al ver las marcas, la inmensa solitud desesperada en los ojos de ella, aquella hosquedad orgullosa e infantil, que la hacían bajarse las mangas nerviosamente, mientras él insistía en el macabro juego de observar sus heridas?.¿Cómo no supo entonces lo mucho que ella necesitaba a alguien que frenara su caída, literal pocos segundos después?...Porque él no era más que otro maldito drogadicto, banal e insensible, que creía encontrar fuerzas para vivir en la falsedad de los ritos, en el culto al dolor y la muerte; hasta que ésta se le paró de frente, nunca mejor dicho, en la forma de una joven que se lanzaba a las profundas aguas frías de un río.

-¿Puedo sentarme aquí?- dice una voz femenina. Y Gabriel se sobresalta y mira, devuelto a la realidad de golpe, por esa joven alta, esbelta y algo desgarbada que está de pie frente a él.

-Claro- titubea, apenas murmurando. Ella se sienta, acomoda sus cosas sobre la mesa y picotea en un plato de ensalada con el tenedor. Él finge comer también, por no mirarla más y pasar inadvertido.

Pasan unos segundos, y ya los dos saben quién es el otro. Ángela levanta el rostro del plato, de repente, y le espeta sin preámbulos:

-Tú eres el que avisó a la policía cuando lo de mi amiga, hace tres años, ¿verdad?-

Gabriel aprieta las mandíbulas para contener el puñetazo emocional, y asiente en silencio. Piensa que, ahora, vendrán los reproches, las acusaciones, las sospechas; como cuando le enfrentaron los padres de ella, en el funeral. Nunca olvidará la cara demacrada de aquella madre que le gritó “brujo asesino”, después de acusarle de haber engatusado con ideas macabras a su hija muerta. Oye suspirar a la joven sentada enfrente y, después, ella añade, buscando sus ojos:

-La echo de menos, todavía. Éramos amigas en el colegio, después en el instituto…Ella se apartó de nuestro grupo cuando se fue contigo y tus amigos, pero…, yo la quería mucho-

Gabriel la mira y se siente obligado a decir, como quien se defiende de una acusación:

-No fui yo quién la apartó de vosotras. Ella seguía a un tipo al que llamaban Deadman; en realidad se llamaba Raúl, él también murió el año pasado, de sobredosis…Yo solo andaba por ahí, les conocía…-

- No me refería a que tú te la llevases…, ni ese Deadman…Fue ella quién se equivocó, en cualquier caso.- dice la chica. Y él la recuerda junto a la amiga de ambos, la pequeña morenita a quien Deadman se propuso conquistar mientras la espiaba a la salida del instituto.

-Sí,- admite- me suena haberte visto en el grupo de sus amigas. Te llamas Ángela, ¿no?-

Ella deja ir una sonrisa triste, y el ambiente se distiende. El nudo oprimente se relaja dentro de Gabriel, siente que debe decir algo más, y opta por la verdad que ronda siempre por su cabeza:

-Yo también la quería, también la echo de menos- suelta, y se da cuenta de que es la primera vez que lo dice en voz alta. Y, a continuación, los sentimientos salen como un torrente desbocado, apabullando a esa joven sorprendida que le escucha interesada y sin interrumpirle ni una vez, mientras él mismo piensa que se ha vuelto definitivamente loco y que ya no puede parar hasta que se acabe su dolor. Pero, ¡le sienta tan bien hablar!.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno,me ha sabido a poco........continuara???
Saludos

Atlántida dijo...

Es posible. Aunque no soy nada fiel a mis personajes :) Será a lo único que no soy fiel, y así me va :)

Gracias por estar ahí.

Gloria dijo...

Muy bueno Atlántida, de los mejores que te he leído últimamente. Y como te han dicho en el comentario anterior, también a mi me ha sabido a poco.

Me ha hecho recordar algo doloroso, el no ver las señales de ayuda de un amigo, o más bien, el no saber qué hacer en estos casos.

Un abrazo.

Marmopi dijo...

La incertidumbre que a todos nos ataca algunas veces. Y que nos hace sentirnos fatal, pero que consigue dominarnos y dejarnos quietos, sin saber si reaccionar o no.

Repito lo de por aquí arriba. ¿Habrá más? Sería necesario. Creo que sí.

Un achuchón gordo, gordo, requetegordo :-)

Atlántida dijo...

Pueees..., visto lo visto, estos chicos tienen pinta de continuar, además de pinta tétrica.

Vosotr@s mandáis. Me pondré a ello, prometido ;)

Muchas gracias a tod@s

esra dijo...

Hola Atlan, No se porque presiento que necesitas unas palabras de apoyo.
Que no callen tus palabras, que nadie oprima tus pensamientos, ellos desarrollan tu voluntad, y es la unica forma de ser tu misma.

Referente a tu relato, solo decir ¿Que dificil ser adolescnte! y sabes describirlo tan bien.

un achuchoncito.

Atlántida dijo...

¡Hola,Esrita!

Muchas gracias por estar ahí, no esperaba menos de un amigo como tú. No te preocupes, parece que soy más incombustible de lo que parezco,regreso pronto a donde siempre debí estar :)

Seguiremos conversando, compañero. Un beso con el achuchón.

Mmonchi dijo...

Hola Atlántida. Espero verte pronto por otros parajes y mientras aprovecharé para leerte en éste que, no tengo perdón, no había visitado...

Atlántida dijo...

Hola,Mmonchi

El perdón te lo doy, si me sigues de vez en cuando,jejeje.

En cuanto al "otro asunto", estoy pendiente de si los parajes me son permitidos...,me encantaría tan solo por estar con vosotros,mis amigos.
Gracia por el apoyo. Un abrazo.

Publicar un comentario