miércoles, 4 de mayo de 2011

Sagrario y la señora Dawson


Sagrario salió de casa cuando las calles aún bostezaban un aliento mañanero. Caminó deprisa hasta la parada de autobús, sin fijarse apenas en los pocos transeúntes con los que se cruzaba, asiendo contra el cuerpo una bolsa de lona grande, clara y con las esquinas gastadas. Tenía las secuelas del insomnio pegadas a los párpados; había dormido apenas tres horas, como casi siempre en los últimos tiempos, y el sueño mantenía a su cerebro en un sopor sonámbulo.

Subió al bus, entre un revuelo de palomas holgazanas que se apiñaban junto a los escalones, y tomó asiento. Sacó de la bolsa de lona un librito ajado, de coloridas tapas ya desteñidas, y lo abrió casi de inmediato como ahuyentando las ganas de apoyar la cabeza contra el caliente cristal de la ventanilla y dar rienda suelta al sueño. Suspiró, ruidosamente, antes de intentar enfocar los ojos escocidos en las páginas de la novela. El vehículo público arrancó, con un vaivén, y ella volvió a integrarse en la historia del libro, mientras el autobús lo hacía al tráfico ciudadano.

“Eleonora Dawson se cubrió con la negligé y salió al salón. Peter la recibió con una sonrisa, encantador e inocente como siempre. Ella se turbó un poco ante su apostura, que siempre la desarmaba, aunque ahora supiese que podía ser un asesino.

-¿Cómo estás, querida?, me alegro de verte. Hubiera querido venir antes, pero estaba muy ocupado- dijo, mientras besaba sus labios y dejando el rastro de aquél aroma a loción elegante y varonil. Ella se apartó, tensa casi a su pesar.

-Peter, tenemos que hablar- repuso en un susurro…”

Y, ¡plaf!, otro vaivén y el ruido a fuelle de las puertas del autobús dejando paso a un grupo descendente y a otro ascendente de viajeros. Sagrario levantó la vista de las páginas, observó a un hombre que la adelantó por el pasillo, a una chica híper delgada que tomaba asiento tras el conductor, esperó el zarandeo de rigor de la puesta en marcha, y volvió a Eleonora; pero ya su mente entrecruzaba pensamientos aleatorios, y le costaba concentrarse.

¡Quién fuese Eleonora, para vivir en una gran casa, envuelta en negligés- que vaya usted a saber lo qué era eso, pero debía ser muy suave y agradable, a la par que bonito- y tener una pareja que le sonriera y la besara, sin olor a puro, o a vino barato, aunque sospechara que podía ser un asesino!...Bien visto, hasta podría tener emoción, una cosa así. Porque, fijo que al final intervendría la policía, pillarían al malvado, y Eleonora seguiría tan feliz, en su casa elegante, con su elegante vestuario, y el alivio de haberse librado de una buena…

Lo más que imaginaba, parecido a la protagonista del libro, era a la señora. Esa era de verdad; no la había visto nunca en negligé, ni oído que lo mencionase, pero era elegante hasta en zapatillas; con su despeinado de peluquería, su teñido de pelo sin raíces oscuras, aquél cutis bien cuidado, aquellos ojos claros, y sin un gramo de grasa de más en el cuerpo. Claro que siempre parecía muy ocupada, con muchas prisas y pocas ganas de descansar, pero eso debía pasar cuando lo que una hacía no la cansaba por mucho que se moviera. Moverse por gusto, vamos; que no tenía nada que ver con tener que moverse…Por cierto, hoy le tocaba hacer los baños a fondo, ¡vaya paliza!, y para eso que no hubieran utilizado el jacuzzi, que lo dejaban hecho un asco…

“Peter la miraba con los ojos fruncidos de extrañeza. Ella se giró de espaldas, con la excusa de servirse una copa, para no tener que enfrentar su mirada.

-Ha estado aquí el teniente, ya sabes. La policía piensa que la pobre Jocelyn tenía un amante, y que fue él quien la mató- dijo Eleonora, sin esperar a qué él reaccionase.

-Y, ¿qué tiene eso que ver con nosotros?- preguntó Peter.

Eleonora cerró los ojos un momento, presa de la angustia de lo que iba a decir, y se encaró con su esposo.

-Querían saber si yo sabía algo….Peter, he visto la carta que le escribiste, reconocí tu letra-

Vio a Peter palidecer, pero siguió siendo el hombre contenido y educado que conocía. La miró, y ella creyó ver algo de dolor y sorpresa en sus ojos.

-¡Cariño, no pensarás…!.¡Eso fue hace mucho tiempo, cuando tú y yo estábamos alejados!...¡no sé porqué ella guardó esa carta!-

Eleonora tragó un sorbo de bourbon para no desfallecer. Contestó:

-Tranquilo, no estaba firmada; aún no saben quién pudo escribirla. Pero, Peter, ¿estás reconociendo que Jocelyn y tú…”

Otra parada, otro abrirse de puertas e intercambio de pasajeros, otras palomas agitando las alas en el exterior. Sagrario, apoyó la cabeza contra el sol que atravesaba la ventanilla, deslumbrante, y cerró también sus ojos, como Eleonora, pero ella de puro sueño. Pensaba que ella nunca se atrevería a decirle al Marcial que sabía que “se lo hacía” con otras mujeres; del guantazo que él le daría la mandaría contra la pared. Además, ya podía liarla sin motivo, como para dárselo…Eran la cerveza y el vino peleón, claro, los que le hacían ser tan burro, pero…Seguro que si bebiera bourbon de ese que bebían en la novela no sería así de bruto.., pero eso era para los ricos.

¡Si pudiera quedarse dormida!; le palpitaba la sien de dolor, por la falta de sueño. Hoy, la señora le había dicho que saldría al gimnasio- el “gym”, lo llamaba ella- y luego tenía no sabía qué compromisos. Si la llamaba diciendo que no preparase nada para el mediodía- el almuerzo, decían los “finos”- quizás pudiera aprovechar y meterse en el jacuzzi, cuando lo limpiara…; total, por pasarle el trapo un poco más…Se veía ya entre aquel misterio del agua y las burbujas, relajada y cómoda como una auténtica señora, con el libro entre las manos y tiempo para leer; pero eso era otra cantar…

Llegaba a su parada; se despejó del tirón, guardó el librito en la bolsa, medio incorporada ya en el asiento para levantarse. Tuvo que pararse un segundo, ya en la acera, para recuperar la orientación tras bajar precipitadamente del vehículo, y echó a andar calle abajo, hacia la siguiente avenida.

Justo antes del mediodía, la llamó la dueña de la casa; el recado la alegró: no había que preparar comida, todos los de la familia estarían fuera hasta la noche, podía dedicarse a la limpieza y marcharse luego. Sonrío, satisfecha, antes de guardarse el teléfono móvil en el bolsillo del delantal; no pensaba irse sin darse un bañito en aquella especie de bañera burbujeante, lo necesitaba, y era la ocasión. Volvió a hincarse de rodillas junto al inodoro, y siguió frotando la fina porcelana con el duro estropajo verde hoja.

Enfilaba ya la media tarde, cuando se desnudó en el cuarto de baño más grande de la casa. Dejó su ropa, bien apilada, sobre una silla tapizada de cuero blanco. Se movió desnuda y con delicia hacia el jacuzzi, que expelía humaradas claras y susurraba entre aromas fragantes. Se sumergió poco a poco, saboreando el momento, dejando escapar risitas placenteras bajo las cosquillas del agua. Se había recogido el pelo con una de las redecillas de la señora y apoyó la espalda hasta encontrarse en una postura cómoda. Suspiró, esta vez de gusto, sin poder dejar de sonreírse a sí misma. ¡Eso era vida!, aquí no le importaría morirse de inanición, y… ¡el sueñito que le estaba entrando!…Tomó el libro de la repisa de la pared, entre mil frascos de sales de baño y geles varios, antes de que el cansancio acabara venciéndola. Buscó la página en la que se había quedado, y prosiguió con su lectura:

“-¡Eleonora, mi amor, nunca quise hacerte daño!...Compréndeme, tú estabas distante, me sentía solo…Jocelyn se ofreció a escucharme y, al final…-decía Peter, con el arrepentimiento en los ademanes.

Ella no podía dominar el dolor que su confesión le causaba. Si aquello era cierto, como había temido, también podía serlo el que su marido, su amado esposo, fuese un criminal. Con los ojos arrasados en lágrimas, le espetó con desprecio:

-Esta noche necesito que te vayas, Peter. Tengo que pensar; no puedo seguir hablando de esto ahora-

Él bajó la cabeza y salió de la estancia con aire compungido. Eleonora se dispuso a subir a su alcoba, cuando un tremendo ruido la detuvo…”

Cerró el libro, a la vez que los párpados se le cerraban. No supo que se le cayó al agua, trasformando sus páginas en un galimatías chorreante de letras borrosas, como no supo que alguien la miraba desde la puerta del cuarto de aseo. Ya dormía, cuando el joven de aspecto nervioso y gestos bruscos se acercó a la bañera de burbujas y se quedó mirándola. Otro hombre entró apresurado, arrastrando tras de sí un saco cargado.

-¿Qué haces ahí parado? ¡Ostias, una tía!, ¿es la dueña?, ¿te ha visto?, ¿qué le has hecho?- dijo del tirón, en lo que él entendía por voz baja. El joven le hizo un gesto para que se callase, sin dejar de mirar a la mujer dormida en el agua.

-No le he hecho nada, creo que duerme; pero no podemos arriesgarnos, ahora que sabemos que hay alguien en la casa.- susurró, vigilante.

-¡Ya te digo!- repuso el cómplice- ¡Aún nos queda lo de la caja fuerte del despacho, debe tener lo mejor! ¿Qué hacemos?-

El hombre joven parecía pensativo, pero contestó casi al instante:

-Será un momento, ni se enterará…No es la primera vez que lo hago, vete abajo si no quieres verlo-

Y, mientras el otro se giraba y salía de la habitación con expresión entre excitada y temerosa, el joven tiró de los pies de Sagrario, hundiéndole la cabeza en agua. Ella se debatió un poco, como se debatía su mente mientras pensaba, medio despierta y desesperada por el repentino pánico:

“¡No, Peter, no me hagas esto, no puedes matarme, yo te amo!”.

Nota de la autora: Este relato ha participado en el concurso de relatos de "Todoslosforos". Para los que no lo conozcáis de allí, lo añado en este blog.





8 comentarios:

Gloria dijo...

Como ya te he comentado por otros medios, me gustó mucho tu relato. Te atrapa, es interesante y está muy bien escrito.

Te superas cada vez que escribes.

Un abrazo y feliz fin de semana.

Lara dijo...

Qué bueno. Me ha gustado mucho.

Un abrazo.

Marmopi dijo...

Es muy bueno, niña. Mantiene la cosa todo el rato y eso es algo importantísimo.
Besotes, reina. Te tenía el kiosco abandonado
:-)

Atlántida dijo...

Gracias, Gloria. Me alegro de que te guste.

Me paso por tu rinconcito en un momento :)

Besos.

Atlántida dijo...

¡Hola,Lara!. Cuanto tiempo sin visitarnos. Gracias por volver por aquí, y también voy para tu bosque,jajaja.

Besos.

Atlántida dijo...

¡Marmo!....ya tardabas,jejeje. Si es que hasta yo tengo el "kiosko" abandonado, que no pue ser :)

Pues,nada, que voy a hacer ronda por vuestros blogs, guapas :)

Besos a ti también.

Anónimo dijo...

Hacia dias que no me pasaba por aqui y sorpresa, te animaste.
Me ha gustado, te metes de lleno en el relato enseguida.
Saludos

Atlántida dijo...

Hola, Anónimo...,se te olvidó firmar, me parece ;)

Me alegra que te gusten mis relatos, y te agradezco el comentario.

Saludos.

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