miércoles, 15 de junio de 2011

Hacia el redil


Soñando que soñaban, las ovejas desfilaban hacia el redil. Las que trotaban delante iban malhumoradas, rumiando rastrojos y quejas.

-¡Hay que ver!- decían entre ellas- ¡Que vida nos dan, siempre triscando, siempre de aquí para allá, sin saber cuándo nos separarán del grupo para matarnos, acabando cada noche en ese redil que se cae a pedazos!....¡Ya podrían arreglarlo que, además de apretujadas, nos clavamos las astillas de los postes!...¡Y, total, para que nos esquilen cuando quieran!...-

Las que así no protestaban, asentían con las cabezas lanudas y polvorientas, sin dejar de masticar las ristras de hierba con sus dientes manchados. Atrás caminaban las más lentas, las más viejas, las que tenían crías que se entretenían a cada paso y había que reconducir. Dos perros pastores ayudaban a ese cometido, ladrando y cuadrando el grupo a fuerza de costumbre al miedo.

Pero, aún más rezagadas y a propósito, iban dos parejas de jóvenes ejemplares, dos machos ellos, dos hembras ellas. Esquivaban ágiles y displicentes los envites de los perros que les azuzaban, y que acababan por dejarles a su aire cada vez más rato, aburridos de su terca marcha y los reflexivos balidos que intercambiaban.

-¿Por qué tenemos que seguir siempre éste camino, si el campo es tan amplio?- comentaba una de las ovejas hembra.

-Porque hemos nacido ovejas, y por aquí vamos al redil de nuestro amo- contestaba uno de los jóvenes corderos.

-Pero, no es justo. Siendo ovejas, sabemos caminar por libre, sabemos dónde está la hierba más fresca, y donde encontrar el curso del agua fresca…Y donde hallar el terreno más adecuado a nuestras pezuñas- replicaba la primera.

-A mi me gustaría disfrutar de un día viviendo de esa manera- la apoyaba su compañera fémina.

-Deberíamos probarlo- intervenía el otro macho, menos cabizbajo que el anterior.

-Y, ¿cómo lo harías?- preguntaba éste- ¿Cómo evitarías que te acorralaran los perros, que te atrapara el patrón?...Sin contar con que nuestros propios parientes empezarían a balar como locos, si nos ven separarnos del grupo-

-Hay que buscar el momento, claro está. Pero, si se quiere, es posible. Otros lo hicieron antes- dijo el subversivo.

- Y así les fue. ¿No hemos oído todos que, los que intentan escapar, acaban despeñados, o cazados por algún depredador, o perdidos en el monte?- interrogaba agorero su compañero.

-Tú lo has dicho: lo hemos oído. Pero, ¿quién te dice que es verdad? Ninguno de los que volvió lo hizo por voluntad propia, sino por ser encontrados por el amo. Ninguno se quejó de la huída, sino que se quedaban taciturnos, como atontados, al volver al encierro…Y, ¿desde cuándo no hay lobos en este lugar?; desde hace mucho. Y, cuando los ha habido, ¿no morían más de los nuestros por estar hacinados en el valle, acorralados por los perros, que por salir huyendo y esconderse? Nos atrapaban por permanecer apiñados en el rebaño, sin sitio para organizarnos y defendernos. –

Una de las hembras le escuchaba con ojos entusiasmados, alzada la cabeza para olisquear el aire, que olía a hinojo y libertad.

-¡Es verdad!- dijo, balando más alto- Los tiempos han cambiado, ya no son tan frondosos los bosques, ni tan peligrosos los caminos. ¡Habría sitio de sobra en otros campos, en otros valles donde no vaya el hombre! ¡Podríamos subir la montaña, y seguro que hay explanadas de hierba donde cobijarnos, alimentarnos y vivir en libertad! –

-¡Y nadie nos esquilaría, con lo que podríamos soportar el frío de zonas más altas!- apostilló la otra oveja.

El macho reticente les miraba pensativo. Cabeceó, dudoso, antes de preguntar:

-¿En serio lo creéis posible?-

-Yo sí- dijo firme el otro cordero.

-Yo también- dijo la hembra soñadora.

-Y yo- afirmó su compañera y amiga.

El dudoso levantó la mirada del suelo y concluyó:

-Pues, habría que probar-

- Sí, habría que probar- convinieron a coro los otros tres.

Doblaban ya el último recodo del sendero, bajo la dorada luz de la tarde. Se veía entrar en el redil a los primeros ejemplares de la fila. El pastor esperaba, junto al portón abierto, golpeando suavemente los lomos de los que pasaban con su bastón.

Tras un silencio reflexivo que duró unos segundos, el joven macho menos entusiasta argumentó:

-Quizás tendríamos más éxito si convenciéramos del plan a otros como nosotros-

-Sí, quizás- aceptó el colega.

-Pero, ¡si todos creen que lo más seguro es el redil!- opuso una de las jóvenes.

-Les podemos explicar. Seguro que alguno está de acuerdo, y seríamos más fuertes en grupo-

-Sí, claro, les podemos explicar. Quizás cuando entre el nuevo amo, al que dicen que nos han vendido; he oído que reparará el redil…, quiero ver cómo queda- dijo el receloso.

-Sí, estaría bien; igual lo hace más cómodo-

-Sí, eso es posible- dijo la otra hembra.

-Sí, puede ser- repuso la compañera.

Y los cuatro entraron en el cercado, que se cerró a su espalda, como cada anochecer.

Eran ovejas.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gar.cia:
http://youtu.be/TGmQh-LiKrU
Solo compartir otra bonita historia de ovejas para que te diviertas un rato (sigue el enlace)

Atlántida dijo...

Hola, Gar :)

Si, me he divertido, aunque es un cuento muy viejo y sabido. Siempre te contarán que necesitas que te vigilen para que no metas la pata. Por eso es tan importante estar muy segur@ de uno mis@, para tener la valentía de tomar decisiones propias, sin que te manipulen y te metan miedos.

Luego, para seguir al rebaño, hay que ser oveja.

Saludos, y gracias por leerme

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