sábado, 30 de julio de 2011

Un padre simpático





El día estaba transcurriendo bien; todo lo bien que puede transcurrir el día de tu cumpleaños, cuando tu mujer decide organizar una barbacoa multitudinaria para celebrarlo. Amigos, compañeros de trabajo, un par de vecinos de los que prefieres invitar antes de que te destrocen el ciprés del muro intentando atisbar, y familiares de mi esposa, se apiñaban en nuestro patio- mi mujer prefiere llamarlo jardín, pero no tiene hechuras y sí demasiadas baldosas en el suelo para serlo – con aire festivo y apetito voraz.

De mi familia no había nadie, a excepción de mi mujer y mis dos hijos, porque mi único hermano, Tom, estaba en otro de sus viajes de negocios, mi madre había muerto hacía unos años, y de mi padre hacía muchos más que ni me acordaba.

Allí estaba yo, en el patio-jardín de mi casa, con los ojos arrasados en lágrimas, porque una brisa inoportuna había arrastrado hasta ellos el humo de medio kilo de chuletas que se asaban en las brasas, intentando darle la vuelta a los bistecs para que no se achicharrasen, y sonriendo a destajo a todo el que llegaba a pedir más comida por mi espalda, cuando vi a mi esposa abrirse paso hacia mí, con expresión de que algo inusual pasaba debajo de la radiante sonrisa de anfitriona. Con su natural disimulo, me susurró entre dientes:

-En la entrada hay un hombre que dice que quiere felicitarte…, y que es tu padre-

Decir que me sorprendió el recado no sería acertado, porque lo más parecido a una emoción que sentí fue fastidio. Mi padre se había ido de casa cuando yo tenía diez años y jamás le habíamos vuelto a ver, ni tenido noticias suyas. Hubo una época en que mi hermano y yo pensamos en convencer a mi madre para que le hiciera declarar por muerto, por solucionar su estado civil, pero desistimos cuando ella nos dijo: “no sé ni de quién puñetas me estáis hablando”, y nos convenció a nosotros. A partir de ese día, ninguno de los tres volvió a acordarse de que había un hombre en alguna parte, al que habíamos llamado esposo o padre. Apenas mencioné el hecho de su ausencia a la que sería mi esposa, y jamás hable de él a mis hijos, que no tenían motivos para echarle de menos.

Y, resulta, que ahora llegaba alguien a mi puerta, el día de mi cumpleaños, presentándose como el padre pródigo, la única vez en mi vida, incluyendo mi boda, en que podía encontrarme reunido con toda la gente que me conocía. Estaba molesto, quizás incluso incrédulo, pero suspiré resignado, me quité el delantal, y crucé lo más rápido que pude entre el casi centenar de personas ocupadas en terminar con el contenido de sus vasos y platos desechables, que mi esposa y yo tan generosamente les suministrábamos.

Efectivamente, en la acera, junto a la pequeña verja de acceso a mi casa, distinguí a un viejo delgado, fibroso y con gafas a quien, así, de pronto, no reconocí. Habían pasado más de veinte años, y ya he dicho que me había deshecho del recuerdo de mi padre. Él se acercó al verme, esgrimiendo una sonrisa algo más segura de lo que yo esperaba.

-Hola, Albert; feliz cumpleaños, hijo- saludó una voz cascada, que tampoco me sonaba de nada.

Tuve que mirarle a los ojos, más allá del cristal de sus gafas, para convencerme de que, efectivamente, se trataba de mi padre.

-¿Qué haces aquí?- le espeté, ni agrio ni displicente, sino sencillamente fastidiado como si yo fuese un quinceañero al que su padre interrumpe cuando está con sus amigos.

-Estaba en la ciudad, tenía tu dirección y pensé en pasar a verte, en un día tan señalado- contestó con la misma calma, como si hablara de una rutina de todas las semanas.

-Y, ¿quién te dijo donde vivo?- interrogué del mismo modo.

-Debo decir que tu hermano, ¿quién si no?...Hemos estado hablando por teléfono algunas veces, en los últimos años- repuso, ampliando su sonrisa, que me devolvió el recuerdo del padre que conocí, mientras maldecía interiormente a mi hermano por no haberme dicho nada de aquello. Él aprovechó mi distracción para proseguir, sin que yo se lo pidiera:

- Ya sé que él no ha podido venir. Y sé lo de tu madre; sentí no poder ir a su entierro, de verdad, pero por entonces estaba en Europa, fue cuando los atentados de Londres-

-¿Estabas en Londres?- interrogué, porque me pilló por sorpresa.

-No, en España; solo decía que fue cuando los atentados de Londres- contestó.

No quise continuar más con aquella conversación de merluzos, y él comentó, cambiando de tema:

-Tienes a mucha gente aquí; me encantaría conocerles, seguro…- y, sin necesidad de que yo le invitase, pasó a mi lado y se adentró en mi propiedad, parándose en los grupitos de personas de mi entorno para presentarse sin titubeos y sin mi ayuda. Como no quería dársela tampoco, decidí ignorarle y volví junto a mi barbacoa, donde el desfile de saqueadores de viandas seguía en marcha.

El resto de la tarde la pasé echándole miraditas de reojo a mi padre, que congeniaba alegremente, al parecer, con mis amistades, mis vecinos y mis parientes políticos. Ninguno de ellos se privaba de acercarse a mí, después de charlar con él, y decirme lo simpático y agradable que era mi progenitor, y lo mucho que les extrañaba que nunca les hubiese hablado de él. No faltaban las palmaditas en la espalda de felicitación, y las frases encomiásticas del tipo: “¡qué simpático es tu padre, no os parecéis!”, a lo que yo respondía, como a todo, con una forzada sonrisa que estaba haciéndome polvo los maxilares.

Había olvidado aquél rasgo suyo, como al resto de su persona. Mi padre había sido siempre un hombre simpático, con “gancho”, con carisma. Mi madre le había adorado, aunque hubiese sido la primera en darse cuenta de que, ese talante tan agradable, perdía su encanto en cuanto te percatabas de que acababa de salirse con la suya en algo que él deseaba; algo que, inefablemente, te perjudicaba a ti. Mi hermano y yo le admiramos y le seguíamos a todas partes, le cubríamos las espaldas cuando se emborrachaba y no acudía al trabajo, o cuando había que justificarle frente a mamá, hasta que descubrimos que se había largado de casa con nuestros ahorros, además de los suyos y de mi madre. Y, ahí estaba ahora, camelando a todos mis amigos y conocidos.

Por fin, la tarde fue terminando y la comida y las cervezas haciendo sus estragos en los cuerpos de mis invitados, que empezaron a marcharse. Quedamos solos mi mujer, yo, los niños - encerrados en sus habitaciones voluntaria y prematuramente, para librarse de la recogida de residuos del patio- y mi padre, que acababa con las existencias de alcohol restantes, sentado en un balancín del porche. Yo me había refugiado en casa, so pretexto de ir a buscar los sacos para recoger el desastre de desperdicios amontonado en nuestro jardín, y le miraba desde las ventanas del salón o, mejor dicho, observaba fijamente desde allí su canoso cogote, sin saber qué hacer a continuación. Adelle, mi mujer, me descubrió; se puso a mi lado con esa suavidad que a veces tiene, y murmuró:

-Tendrás que hablarle, en algún momento-

Y, la constatación de ese hecho evidente en un futuro cercano, me devolvió a lo inevitable.

-Supongo que sí- musité como el tonto que era, y me encaminé a la puerta.

Y le hubiera hablado, pero pasé a tres metros de él, vi que medio dormitaba bajo el sopor de las cervezas, bajé los escalones hasta el patio, y me puse a cargar hojarasca y envases vacios con mi pala como un poseso. Pensaba en qué demonios decirle a un padre al que no has tratado en veinte años, a quien no consideras de la familia, del que no sabes nada, y al que ya ni odias, ni aprecias, ni tampoco puedes mirar con la ecuanimidad que a un completo extraño. Me preguntaba qué sentía mi hermano Tom por él, porqué no me había hablado de aquél contacto, y qué hacía mi padre en mi casa en aquél momento; y no porque me interesaran sus motivos, sino precisamente porque no me interesaban lo más mínimo. Para mí, la presencia de mi padre en mi fiesta y en mi casa, era lo mismo que la de cualquiera de aquellos vasos y platos arrugados y desechados que recogía: algo que podía haber sido de utilidad, pero que ya no tenía objeto en mi vida.

Estaba tan enfrascado en mis pensamientos y mi tarea, que me sobresaltó oír su voz a mi lado.

-Te ayudaría, pero soy un viejo que solo te atrasaría- dijo, sonriendo, con la última lata de cerveza aún en la mano. Casi no podía verle la cara, porque las sombras se iban espesando a nuestro alrededor, pero aquella frase hizo la luz en mi cabeza. Yo también sonreí, apoyé el peso de mi cuerpo sobre la pala, le miré fijamente, deseando que él sí distinguiese mi expresión en la penumbra, y contesté:

-Eso es cierto; solo me atrasarías, y no quiero volver atrás, papá. Nunca más-

Agradecí que las sombras ocultaran su marcha, mientras oía sus pasos alejarse haciendo crujir las hojas secas del suelo. Luego, acabé mi tarea y fui a reunirme con mi familia.

8 comentarios:

Sukulenta dijo...

Qué diferente se me hace esta visión de un padre a la que tengo, y qué peculiar relato. De veras sería tan extraño que te visitara un recuerdo tan poco grato.Que siendo tan cercano fuese a la vez tan neutro. Buen relato Lola, enhorabuena.

Atlántida dijo...

Hola, Suku

Pues sí, yo también concibo el concepto de padre como alguien más cercano y menos egoísta que ese señor..,y los que son como él. Por lo visto, su hijo piensa como nosotras,por eso no se molesta.

Me encanta que te guste leerme. Muchas gracias.

Marmopi dijo...

A veces los más allegados son los más lejanos. Yo no lo veo tan raro, aunque me gustaría que no fuera así. Pero en fin, cada uno tiene lo que tiene y eso ya es muy complicado de cambiar.

Besetes, Lolilla. A ver si no me pierdo tanto ;-)

Atlántida dijo...

Lo que sobra, porque no quiere estar, fuera pa siempre, Marmo. Ligeritas de equipaje, que al final siempre acaba pesando.

Me alegro de que aparezcas, aunque sea un poco :)

Besotes

Gloriana dijo...

Hay muchos más padres "simpáticos" de los que creemos...me ha gustado el final...no podía ser de otra manera.

Saludos, Atlántida!

Atlántida dijo...

¡Hola,Glori!, gracias por pasarte por aquí,un placer saludarte.

Un beso.

4ever dijo...

En realidad lo encuentro un relato triste pero, cierto es que al nacer no elegimos la familia que nos toca, y siempre pienso que es en realidad un vinculo impuesto.

Me ha gustado leerlo y reflexionar sobre ello.

Gracias Lola ;)

Atlántida dijo...

Gracias a tí, por leerme y dejar tu comentario.
Siempre serás bienvenid@.

Un abrazo.

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