martes, 11 de octubre de 2011

Alberto


Creía que sabía lo que hacía. Creía que jamás lo sentiría. Creyó que era su liberación, y por eso se marchó. Vaga ahora solitario por la calle, una barra de pan en una mano, la otra en el bolsillo rebuscando, inconsciente e inútilmente, su pasado.

Alberto vuelve a casa a dormir solo, aunque otro cuerpo cubra el suyo algunas veces. No es su hogar donde su cuerpo languidece, ni es amor lo que a su mente adormece, aunque su orgullo le grite lo contrario.

No es lo suyo pensar mucho y a diario; y, sin embargo, lleva un tiempo que lo hace. Piensa ahora, estirado donde yace, escuchando esa voz en su cabeza, que repite lo que sabe con certeza: nada ha sido como aquello que esperaba, y no ha alejado lo bastante lo que amaba. Ya no sabe dónde huir para olvidarlo.

En el sueño se hunde sin notarlo, emitiendo un ronquido poderoso; a nadie impide ya el reposo, si ronca, tose o gruñe como un oso. Y, durmiendo, se revuelve en el pasado, y se ve satisfecho en otro lado, con la gente que le amó y, sin darse cuenta, su desidia de años ha alejado. En la cama se da la media vuelta, sonriendo en el sueño deseado.

Alberto abre un ojo somnoliento, apenas despertó la madrugada. Afuera, aún es noche cerrada, pero él se levanta, macilento.

El silencio envuelve la vivienda; se viste lentamente, prenda a prenda, recordando otra rutina ya lejana. Ahuyenta el pensamiento en la mañana, regresando a este presente que es de plomo; adelanta su mano y toma el pomo para abrir un día más la nueva puerta. No hay que decirle adiós a la “parienta”, ni quedan ya hijos dormidos en sus camas; solo va, porque solo se ha quedado, renegando de familia y de pasado.

Baja lento y pesado la escalera, pensando en el trabajo que lo espera; su consuelo diario lo conforta: trabajando, nada más le importa, y la realidad es más placentera. Eso sí, a veces, traicionera, su mente se traslada a algún recuerdo…, ríe una mujer o ladra un perro…, y llega alguna imagen que no espera. Un instante solo el pulso le altera, pero es solo ese instante y luego olvido; entierra nuevamente lo vivido, en el fondo gris de su mente austera.

Un día más, termina la jornada, y Alberto al fin aparta la mirada de la absorbente tarea. Se cruza en la calle con la incesante marea de gente que vuelve junto a quien le espera. Él no tiene prisa, y parado en la acera, decide que en casa no hay “holas” ni risas. Se mete en un bar, donde le conocen; algo familiar se esconde en las voces que, entre discusiones, bromeos y gritos, trasiegan cerveza y comen refritos. Se sienta a la mesa de los conocidos, allí sus lamentos si son bienvenidos. Se queja de achaques, clientes, gobierno…, hacen que la vida sea puro infierno. Luego ríe un poco, por algo que escucha, comenta a desgana, relaja la lucha que, en su cabeza, plantea esa voz que siempre le agobia con ansia feroz.

Después, al regreso, se para a por pan. Con poco y con eso, entra en el zaguán. Y ya va pensando, ¿por qué no escuchó?, ¿por qué odió tanto?, ¿por qué no volvió? Sube muy despacio por esa escalera, sabiendo que en casa ya nadie le espera. Dos sombras dialogan, ahí, en el rellano, y como saludo levanta una mano. Una es doña Emilia, la otra un vecino; él va hacia su puerta andando cansino. Ya casi está entrando en su soledad, cuando, a su espalda, con gran claridad, oye un comentario, por casualidad. “Ese es ese viejo”, dice doña Emilia, “el que vive solo, dejó a su familia”. Él cierra la puerta, que da un portazo, y cierra los ojos, partido en pedazos. Es eso que ha oído la cruda verdad: está enfermo y viejo con su soledad. Alberto suspira, para no llorar; va al baño, y se mira en el sucio espejo de su libertad.

3 comentarios:

Sukulenta dijo...

Para ser tan duro, se lee en versos que suavizan la lectura y ayudan a tragar la amargura de una libertad que -al parecer- ha costado tan cara y ha rendido tan escaso dividendo.

4ever dijo...

Ha veces hay que decidir si lo que tenemos es lo que queremos y si la libertad en soledad pesa mas que sentirnos enjaulados...

Saludos !!

Marmopi dijo...

Ser libre a veces constituye estar preso de uno mismo.
Coincido con Suku, a pesar de lo amargo del texto, has sabido expresarlo con sutileza.
Un besote, niña. Hacía la repanocha!

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