viernes, 30 de abril de 2010

NOCTURNAL

Safe Creative #1005176308300
Mientras las musas acaban de dictarme algo parecido a un nuevo relato, me doy el capricho de trasladar aquí uno de mis cuentitos truculentos. Éste lo escribí para mis otras "Voces", las del foro; algunos lo recordaréis.
A todo el que me lea le deseo que pueda verlo como un sueño de verano...,o una pesadilla pasajera.


Despertó lentamente, y le llegó el frío. Sentía embotada la cabeza, le palpitaban las sienes de dolor. Se llevó una mano a la frente y vio unas rozaduras sangrantes en su muñeca; las miró entre intrigada y sorprendida. Acabar de abrir los ojos fue otro duro esfuerzo, no el último.
Aquél frío que la estremecía la obligó a incorporarse, dejó de estar echa un ovillo sobre un suelo de tierra, para sentarse apenas y comprobar que estaba a la intemperie, y desnuda.
Su mente era una vasta llanura de ausencia; ni un solo recuerdo, ni un pensamiento que la guiara en su confusión. No sabía que hacer a continuación.

Aturdida, apoyó las manos en el suelo y se puso en pie. Miró en torno, solo vio noche, sombras, campo. Se abrazó a si misma, en un vano intento de protegerse del frío. Echó a andar; primero un paso vacilante e insuficiente y luego, como si su cuerpo tomara las riendas de su cerebro, avanzó un poco más. Le dolía todo, estaba entumecida, pero aún así, siguió avanzando como un muñeco bamboleante.
La sombra en la que estaba convertida un árbol la atrajo. “Árbol”, le dicto su mente, “árbol, fruta, comida...”. Se dejó caer contra el tronco nudoso y miró hacia arriba. Reconoció la fruta, peras, y su mano se alzó hasta la más cercana y llevó a la boca, con repentina ansiedad, el jugoso alimento . Estaba hambrienta, se dio cuenta mientras devoraba una tras otra varias piezas de la fruta. No se concentró en nada más que en saciar aquél apetito ávido, enfermizo, bajo la única mirada de la luna y un pájaro indefinido que velaba en la espesura .

Arrojó lejos el último resto de su comida y, acurrucada junto al árbol, cerró de nuevo los ojos con ganas de dormir, dormir y que pasara su desconcierto... El temblor del cuerpo la obligó a ponerse en pie. Jadeaba de frío. Se puso otra vez en movimiento, con la extraña sensación de que tenía que seguir andando, no sabía porqué, pero “debía” seguir andando. El estómago repleto puso en marcha su cerebro, su mente se aclaró un poco más, y se encontró pensando en que necesitaba ayuda, eso era lo que buscaba, lo que necesitaba, porque ella “era alguien”, no sabía quien, no podía recordarlo, pero ahora, de repente, “sabía” que era “alguien” y necesitaba ayuda. Y por eso su paso se apresuró un poco más, aunque los guijarros le lastimaban los pies, aunque se sentía muy cansada, aunque el frío atenazaba su cuerpo como un lobo de colmillos afilados.

Atravesaba un campo sembrado. En su pensamiento aturdido se filtró una idea: “campo, alguien lo cuida, busca gente, busca ayuda”. Siguió andando, dando traspiés que apenas tomaba en cuenta. Caminaba encogida, intentando inútilmente cubrir su desnudez aterida con los brazos. Los grillos coreaban su desfile solitario, invisibles testigos de su miedo y sus dudas.
Fue deteniéndose a medida que distinguía una mole oscura entre la oscuridad. Cantos cuadrados, puntiagudo tejado...¡una casa, una vivienda habitada!...¡tenía que serlo!. La esperanza la espoleó más que el frío, y se aproximó en lo que le parecía una alocada carrera, y no eran más que unas zancadas dolorosas y torpes.
Algo ondeaba al viento a su derecha, miró hacia allí y reconoció la palidez de una sábana colgada en un precario tendedero, a unos metros de la casa. Esa simple imagen le recordó su desnudez y un extraño pudor la arrebató, o tal vez fue la promesa de algo protegiéndola del frío, y se desvió para acercarse a la cuerda y arrancar la prenda de un tirón. Se envolvió en ella, y una frágil seguridad la impulsó a retomar sus pasos. Pero algo la detenía, o mejor dicho, algo mantenía atrapado su improvisado vestido y, al mirar atrás, vio a un perro que, surgido silenciosamente de la noche, tironeaba de una punta de la sábana con sus dientes lechosos. Un gruñido gutural se escapaba entre las fauces apretadas del animal, pero su propia furia al verse retenida fue mayor, y empezó a pujar violentamente por la posesión de la tela. Su inconsciente temeridad se vio premiada pronto porque se rasgó el tejido, y ella huyó presurosa y sin dejar de mirar hacia atrás, mientras el perro quedaba quieto y con los dientes aún haciendo presa en un jirón blanco, como sorprendido de su fracaso.
La casa surgió ante ella como una aparición, de repente blanca a pesar de las sombras, y corrió a refugiarse contra una de las paredes. Buscó, frenética, la puerta y empezó a golpearla con ambas puños, anhelante del calor que el interior prometía. Nadie contestaba; dormían, si, debían dormir y no la oían. Pero su insistencia fue inútil, solo un eco de sus golpes se repetía, lejano, apagado, en el silencio abandonado de la vivienda. Temiendo llamar la atención de la pequeña fiera que había dejado atrás, dejó de aporrear la puerta y empezó a rodear el edificio, con la fugaz esperanza de encontrar otro medio de acceso al frustrado cobijo. Las ventanas permanecían oscuras y cerradas, y con la decepción llegó el desaliento. Se dejó caer al suelo y abandonó la cabeza entre las manos, lloraba aunque no quería llorar. Al fin se levantó, ayudándose del muro de la casa para hacerlo, y se refugió cuanto pudo en la sábana que la cubría.

Volvió a caminar, campo adelante, los ojos vigilantes por descubrir algo que previniese alguna presencia humana.
El amanecer era una promesa plateada en la línea del horizonte, cuando divisó una luz al fondo de un camino polvoriento. Tomó aquella dirección, sin querer dar alas todavía a su esperanza enloquecida. Desde lejos comprobó que se trataba de la bombilla que señalizaba un cobertizo enorme, algo parecido a un granero, quizás un establo. Avanzó mientras su pulso se aceleraba, sin notar apenas el frío. Se detuvo a unos metros, cuando oyó unos golpes tras la estructura de madera. Gritó, no sabía qué había dicho, si dijo algo, pero gritó a la soledad de la noche y su propia voz le sobresaltó, como la de una desconocida. La silueta en tinieblas de un hombre salió de la parte de atrás del granero. Se quedó parado, mirándola, justo al lado de la casa. Llevaba en una mano alguna clase de herramienta que se bamboleaba junto a sus piernas. Ella quiso hablar, alzó un brazo suplicante, y calló al suelo en medio de una negrura mayor que la de aquella noche.

Calor, paz, cobijo. Estaba sentada en un banco de madera de una comisaría de policía rural. La sábana era aún cuanto la cubría, pero ya no sentía frío, ni miedo. Solo paz y unas enormes ganas de quedarse dormida, esta vez serenamente, tranquilamente. Un hombre de uniforme se acercó, ella no alzó los ojos para mirarle, estaba cansada, muy cansada. El hombre le preguntó cómo se llamaba. Por un segundo no supo qué contestar, pero sus labios pronunciaron un nombre, como si actuaran desconectados de su cerebro. Y, de repente, supo que aquél era “su” nombre, era ella. El hombre seguía hablando, pero ella ya no sabía qué más le decía. Le alargó un teléfono, y lo cogió con manos temblorosas.

-Vamos, puede llamar...¿de verdad se encuentra bien?- dijo el hombre. Movió la cabeza en una afirmación y se quedó mirando los números del panel telefónico. ¿Llamar?,¿adonde?. Y dejó que sus dedos marcaran un número, autómatas eficaces que hicieron que el monótono sonido de la línea diera señal de llamada.

-¿Diga?- Una voz somnolienta de mujer, algo familiar en ella, una imagen borrosa en su cabeza.

-¿Mamá?-
¿Ella había dicho eso?.

-¿Quién habla?...se equivoca, o ¡es una broma de mal gusto!- Algo de temblorosa irritación en el tono de la mujer.
Y ella sintiendo la imperiosa necesidad de insistir.


-¡No, mamá, soy yo, de verdad!.¡Soy...-
Otra vez aquel nombre, le sonaba extraño aunque sabía que era el suyo. Silencio al otro lado del auricular.

-¡Mamá, por favor, estoy cansada, muy, muy cansada...!-

Oyó algo parecido a un sollozo, una voz quebrada y furiosa al mismo tiempo exclamó:

-¡Esto es cruel, cruel!.¡Mi hija murió hace unos días!, ¡ se cortó las venas, se mató!...¿porqué me hace esto?...-


Luego, un golpe sordo y otra vez la oscuridad.

5 comentarios:

Roberto Learsi dijo...

Recuerdo vagamente que lo he leido, hace mucho tiempo, no recuerdo donde,pero si puedo decir que me causó la misma impreción que la primera ves...
Debo decirte que tu cuento es magnífico, que no se lee y se queda impávido, que produce sensaciones...
En fin que me ha gustado muchísimo aunque no fuera completamene nuevo.
Visitar tu cuaderno de notas y sensaciones es un placer...
Roberto

Marmopi dijo...

Más bien es una pesadilla. Una pesadilla que supongo es mejor no sufrir ni en el más horrible de los sueños.
No te lo conocía, Atlan, te soy sincera. Pero como casi todo lo que escribes, no deja indiferente. A mí no!

Atlántida dijo...

Un placer es tener lectores tan de agradecer como tú,Roberto.Me encanta que coincidamos. Saludos.

¡Marmooo!,¿tas asustao?
¡Jejeje,es mi vena malota, que le da por los zombis amnésicos!.

Pero para variar, no está mal "una de miedo",¿verdad,Mari?. Graciasss,por seguir leyendo mis delirios.
Beso gordo pa Madrid.

bicipalo dijo...

No me esperaba ese final, bueno, a falta del ultimo dialogo lo he intuido pero por deformación creativa. A mi me gusta escribir y a veces leo como "escribidor" y no como lector..., por eso te voy a decir algo mas con el mas enorme de los respetos. A veces hay que elegir ciertas palabras que no sugieran lo contrario de lo que quieres trasmitir..., eh, bueno Atlan, por ejemplo, "guijarrros que lastimaban sus pies...", los guijarros se suelen asociar a piedras de rio y "lastimar" es un termino muy suave para describir el calvario de la muchacha. "Coro de grillos", trasmites el canto armonioso de los grillos, cuando realmente deseabas trasmitir el agobio de ese sonido estridente que no cesaba.
"un lobo de dientes afilados...", creo que mejor habria sido "los afilados dientes del lobo".
Atlan..,he tenido este atrevimiento porque a veces yo añoro que alguien me comente así..., por lo demás, me ha gustado el relato, las reacciones de ese espiritu, la percepcion de la falsa realidad del hambre o del frio, del propio calor humano de esos policias o el desespero de la voz de su madre.
Un saludito...,y por DIOS que no trato de corregirte, de hablo de colega escribidor a colega narradora.

Atlántida dijo...

Muy buenas puntualizaciones,hombre-bici. Gracias, las tendré en cuenta,todo vale para mejorar,y si es la opinión de un lector,más :)

Me gustaría leer algo tuyo..,pero en tu blog no hay actividad hace tiempo,parece...¡A ver si te animas y espabilas con las novedades!.

Saluditos,colega ;D

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