martes, 25 de mayo de 2010

CALOR






Hace calor. Las peores cosas le han pasado cuando hace calor; será casualidad, pero lo tiene confirmado a lo largo de cuarenta años de vida.
Un verano la dejaron en casa de sus tíos, siendo niña, y luego entendió que sería para siempre porque sus padres no iban a volver. Se los llevó un accidente en una curva de la carretera.

Un día tórrido de Agosto supo que tendría que renunciar a sus estudios y a sus sueños de ser abogada, porque el "Predictor" dictaminaba que estaba embarazada, sin desearlo...Otro accidente.

A mediados de un mes de Julio, hacía ya ocho años, murió su mejor amiga, su única amiga. Ese día tuvo también la certeza de que se había quedado sola en el mundo. Sola con su hijo, sola con Gabriel.

Hoy vuelve a hacer calor y vuelve a sentir ese desasosiego extraño y premonitorio de cuando pasaban "las cosas malas".
Deja de mirar la calle desde la atalaya de su balcón y entra en la casa, limpiando el sudor de su frente con la palma de una mano. Siempre se pone nerviosa cuando Gabriel tarda en llegar desde la Universidad pero, en éste día, esa inquietud que tanto teme aumenta su aprensión.

"¡Que no le pase nada!", ruega para sus adentro, mientras termina de lavar los platos. Se siente tonta, se siente culpable de tener esos pensamientos negativos que la mortifican, y se empeña en un inútil monólogo mental para convencerse de que se está preocupando por una trivialidad. Le sobresaltan un par de veces los ruidos del ascensor, deteniéndose en su planta del edificio. Nunca es él, y eso le produce más tensión y más mal humor. Sale de la cocina, y se sienta en su sillón favorito, a esperar.

Empieza a caer la tarde, y está cansada de marcar el número de su hijo en el teléfono y oír el enervante mensajito de que no pueden comunicarle con él. Está angustiada y triste, sin saber a quien llamar para reclamar ayuda, para saber qué hacer. Se pasea por la casa que parece estrecharse poco a poco, ahogándola aún más. Vuelve al sillón, y con gesto mecánico enciende el televisor, mientras oculta la cara entre las manos y deja que salga el llanto, extrañamente liberador en medio del miedo.

Desde el aparato le llega la voz de un presentador, otro de esos concursos de media tarde; apenas lo escucha hasta que le oye decir:

- Y, ahora, la última pregunta para Gabriel Fernandez. Puede significar la nada despreciable cantidad de ¡quinientos mil euros! de nuestro premio mayor, o nada.-

Mira incrédula la pantalla, aunque las lágrimas apenas le dejan ver. Borrosamente, distingue en primer plano una figura familiar, un rostro de peculiar sonrisa y gesto un poco tenso, aquella manera de fruncir las cejas de su hijo, cuando se concentra en algo…”¡La madre que lo parió!”, exclama, auto-mencionándose; y fija toda su atención en lo que se está desarrollando en el televisor, en riguroso directo.

-¿Quién fue el rey merovingio que unificó los reinos francos, nombrando a París como su capital?- dice el presentador, y la cámara se aproxima al juvenil rostro de Gabriel, al ritmo de una musiquilla apremiante.

Ella se muerde las uñas sin darse cuenta, no quita ojo de la imagen en tanto que su mente quiere distraerla pensando en porqué él no le ha dicho que iba a ir al dichoso concurso, porqué la ha tenido en ascuas y preocupada…,”¡ay, este hijo, que cosas tiene!”. El rostro pensativo del televisor rumia entre tanto la respuesta; ella distingue todas las pecas de esa cara, las conoce todas, y ese gesto de duda…¡farolero, sabe la respuesta!...Apenas acaba de erguirse, y el Gabriel de la pantalla dice pausadamente:

-Dagoberto I, hijo de Clotario II- y sonríe, iluminando más la imagen, mientras el público asistente se revienta las manos a aplausos, a una convenida señal del regidor.

Vocea incansable el presentador, una pequeña multitud cubre a Gabriel impidiendo que siga viéndole, pero ella solo siente como palpita su corazón y la cabeza dándole vueltas. Suena el teléfono y descuelga sin apenas enterarse; oye la voz de Cati, su vecina, gritando en su oreja enhorabuenas y explicaciones.

-¡Cuelga, cuelga, hija, que ya voy para tu casa!- le dice antes de que ella replique a nada. Y ella cuelga obediente, mientras en la pantalla vuelve a hacerse el silencio y el rostro de Gabriel vuelve a llenarla entera. Le escucha decir:

-Este premio es para mi madre, para que deje de preocuparse por el dinero, para que vea que aprovecho los estudios…Y porque es la persona más maravillosa de mi vida. Será el principio, mamá, la suerte nos cambia, ya verás.-

Aplausos, aplausos, aplausos, y ella que vuelve a llorar como una tonta, mientras piensa que algo bueno le ha sucedido, aunque haga calor.

El timbre de la puerta suena desaforado; irá a abrir, no quiere estar sola hasta que llegue Gabriel…Y por fin hay algo que celebrar.

6 comentarios:

MIsmamente yo dijo...

Buenísima historia, y bien narrada.
Y si es tuya original, doblemente buena..

Atlántida dijo...

Gracias,Mismamamenteyo :)

La historia es mía, como todas las de aquí.

Celebro que te guste, y espero que quieras seguir leyéndome y lleguemos a conocernos..,si no nos conocemos. ¡Llevo un despiste! :)

Saluditos

Marmopi dijo...

No siempre el calor trae cosas malas. Mira a tus personajes, con un dinerín de más precisamente cuando más calor hace.

Curioso relato, como todos los tuyos.

Un abrazote, guapetona!

Theodoro dijo...

Buen relato, por cierto. Esperando una desgracia a cada avance de la lectura y al final resulta que no, que ni siquiera una respuesta incorrecta. ¡Ja! Bueno, Atlan!

Atlántida dijo...

¡Si fuera verdad,lo del dinerín,Marmo! :)

Bueno,Alfredo, son ensayos,ensayos de intentar aprender a escribir.

Abrazo a los dos y cada uno

skiper dijo...

ensaya, ensaya...¡ me gustan tus ensayos!.

No todo tiene un mismo final...y pensar unicamente en los recuerdos del pasado en circustancias parecidas,casi siempre es para hacernos pensar en malos momentos,no?.

Sigue ensayando.

Un abrazote, y algun besillo...

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