domingo, 16 de mayo de 2010

Turismo interior





Soñaba con tierras exóticas, lejanos horizontes, idealizados encuentros con el misticismo oriental. Soñaba con hallarse a sí mismo en el otro lado del mundo, la guía de un maestro, la soledad de un asceta viajero. Imaginaba campos inmensos, soles dorados sobre paisajes de ensueño. Imaginaba ser acogido por otras culturas, la mágica cordialidad de gentes sencillas, de rostros broncíneos y ojos rasgados, que le ofrecerían lo que precisara, obsequiosos y un poco asombrados ante la ostentosa simplicidad del hombre occidental.

Por eso, cogió el tren aquella mañana, mochila al hombro, sintiéndose como un avezado aventurero de espíritu abierto que ha empezado su excitante viaje después de despedirse de su madre con un simple beso en la mejilla y muchas ganas de dejar atrás el terreno conocido. Del tren al avión, y del avión a la primera ciudad oriental.

Llegó ávido de novedades, pero solo había gente que corría, edificios que exudaban el calor apresado durante el día, un cielo de acero en lo más alto. Pensó con paciencia que sería mejor cuando estuviera descansado, cuando se abriera paso fuera del hormiguero cosmopolita y tristón. Encontró albergue en una calleja inmunda, donde una gente de socarrona sonrisa y falsa gentileza se quedó con un tercio de su capital a cambio de un cuartucho tétrico, no más grande que el armario de las escobas de su casa.

El jergón era duro, sucio y medio desmontado de tanto uso. Aún así, durmió aquella noche, aunque por la mañana no hubiera donde darse un baño y siguiera oliendo a la mezcla de rancios sudores desconocidos que le contagiara la cama, añadidos al suyo. Era igual, había que tomarse las cosas como venían, eso era aventura. Salió a la calle bajo un sol de plomo, y caminó en busca de algo que comer.

Al cabo de dos semanas, había recorrido medio país y traspasado a otro. El paisaje se confundía un poco en su memoria, no obstante: selvas inmensas, carreteras desiguales y eternas, transportes pésimos, horas de camino solitario y cansancio extremo…Y siempre aquél manto inmutable de calor húmeda y el constante zumbido de insectos. Su espíritu seguía igual de confuso, pero él había perdido unos cuantos kilos de peso.

En la siguiente capital tuvo más suerte; se topó con un grupo de occidentales, europeos y americanos, que practicaban algo parecido a lo que él había ido a buscar. Yoga, meditación junto a un río embarrado y somnoliento, cantos budistas…Y todo bajo la atenta y divertida mirada de unos niños y unas mujeres autóctonos que, aunque observándoles, no dejaban de atarearse en su quehacer cotidiano. Una de esas noches pegajosas y febriles, se dijo que aquello no se parecía más que una pantomima a su sueño.


Tras dos semanas más de destrozar sandalias y otro calzado más costoso, comer exóticos alimentos que le produjeron retortijones estomacales y no siempre demasiado placer gustativo, dormir sobre la cálida tierra o la palpitante humedad de la vegetación, observar el cielo buscando otro distinto al conocido, y preguntar por gurús y maestros que resultaron más lejanos de lo que imaginaba o simples ancianos desdentados y sonrientes, todos igual de desconcertantes, emprendió el regreso a casa. Atrás quedaron los grupos de yuppies-yoguis y sus seudo-filosofías para jugar a misticismos que no entendían; atrás quedó el tremendo calor que embotaba los sentidos, complicando el esfuerzo de ver y disfrutar del viaje; atrás dejó los paisajes de inusual belleza, reflejada mil veces en fotografías. Y, enterradas en una inaceptada decepción, sus ansias de acceder a su alma desde la historia de otros, desde la mística desconocida.

El mismo tren que se lo llevó, o uno muy parecido, le dejó en las cercanías de su casa. Anochecía. Un cielo cuajado de estrellas le recibió, como el despliegue de parpadeantes ojitos brillantes. Pensó, asombrado y hasta reticente, que era la misma hermosura que había observado en su viaje, tantas noches solitarias.

Caminó hacia el hogar familiar, tropezando varias veces con el saludo y la bienvenida de sus vecinos. Su madre abrió la puerta, sonrió ampliamente, y le abrazó. Él vio por fin su propia alma reflejada en aquellos ojos que lloraban de alegría. La había encontrado, solo tenía que explorarla.

9 comentarios:

bicipalo dijo...

Esplendido relato, Atlan..., hablas de esas ilusiones construidas sobre ideas equivocadas, sobre las influencias consumistas y erroneas de los medios de comunicación, de las mismas agencias de viajes que te venden destinos paradisiacos, que te muestran fotografias echas con filtros, retocadas y en las que se percibe una frescura irreal.
Es bueno dejar el hogar y explorar, pero no pensando que lo que encontrarás será siempre mejor..., es bueno salir, mirar, ver, observar, oler, preguntar, sentir, escuchar..., forma parte de la formación de todo ser humano..., es uno de los caminos para buscar el conocimiento sobre nosotros mismos, pero no el único, desde luego.
Un besico.

Atlántida dijo...

Me encanta que me entiendas,o hacerme entender...,o las dos cosas. Gracias por leerme una vez más,y gracias por comunicarme que comunico.

Abrazo afectuoso,amigo

Lara dijo...

Siempre hemos creído que lo exótico, otras culturas, como en este caso la oriental, puede darnos lo que necesitamos encontrar: nuestro propio yo. Nada de eso parece haber encontrado el mochilero cuando llega al país donde la vaca es sagrada mientras el humano se muere de hambre y miseria. Se da cuenta al regresar, que todo lo que ha ido a buscar lo tiene en su propia raíz; su madre y su hogar. Que no es necesario ningún gurú para encontrarse a uno mismo,ni para que la vida tenga sentido si uno mismo no se lo da.

Vaya, me he enrollado,amiga, pero es lo que he creído entender entre lo occidental y oriental de tu relato.

Besicos.

Atlántida dijo...

Justo es eso, querida Lara-Raaf. Y es que no he hecho más que ponerle literatura (un poquito) al relato de muchos "turistas interiores", que viajan al otro extremo del mundo buscando lo que llevan dentro.
Seguro que,de un modo u otro,a todos nos suena la historia.

Un beso,gracias por estar aquí.

Marmopi dijo...

Es cierto que muchas veces pensamos que para evadirnos de lo que tenemos y encontrar ese algo que nos falta echamos mano de lo externo y exótico. Y más cierto es que la mayoría de ellas terminamos por volver a lo nuestro porque es donde encontramos lo que nos hace felices y allí se nos había extraviado. La dichosa búsqueda de la felicidad que no solemos atrevernos a buscar en nuestra propia vida. Imperfectos que somos. Y probablemente no aprendamos la lección
Un besote, nena!

Anónimo dijo...

Esto m recuerda algo q leí no sé cuándo y no sé dónde.
Un viajero llega a un pueblo y encuentra a un anciano sentado al lado d un niño. El viajero l dice al anciano:
- Perdone ¿Cómo es la gente d por aquí?
- ¿Cómo era la gente d dónde vienes? – L dijo el anciano.
- Buf –Dice el viajero- La gente era un asco. Eran todos mala gente; no hacían más q criticar al vecino; y solo sabían despotricar y maldecir d todo lo q pasaba a su alrededor.
- Aquí son todos iguales q allí –l dijo el anciano.

Y el viajero continuó con su viaje buscando otro sitio en el q hubiera mejor gente. Una vez q s hubo ido, el niño l pregunta al anciano.
- Abuelo, ¿Por qué l has dicho eso?; aquí hay muy buena gente y no somos como l has dicho.
El anciano responde:
- Es tontería decirle otra cosa. Vayas a donde vayas, nunca encontrarás lo q no lleves dentro.

Hola, Atlántida . . Acabo dencontrar este blog; ya no uso mucho internet, pero seguro q pasaré algún otro día . . :)

Atlántida dijo...

Querido desconocido-conocido:

Puedo imaginarme quien eres,pero me gustaría estar segura....,para saber a quien le doy las gracias por ese cuento tan bello.

Bibikín dijo...

¿En serio nostás segura? . . ¡No m lo puedo d creer ni d creer! . . ¡Dejarás destarlo! . . Anda q nostá claro ni ná .. :D :D

No, en serio . . Perdón . . No puse mi nombre porq ando yo muy liao buscándome a mí mismo en cuidades extrañas, y no caí en la cuenta . .

Atlántida dijo...

:D Ahora si,Bibi,ahora si...Justo como pensaba,de verdá de la buena.

¿Ciudades extrañas?,tenemos que hablarlo,me encantaría...

Un beso, sin babas.

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